Se vienen cataclismos y barbaries,
mala sangre, garrote, pincho y porra,
manos al cielo, hijos de la camorra
que empastan con dos hostias cuatro caries.
Se viene encima un tiempo de cuchillos,
de andarse con coraza en las trincheras,
de hincar el morro contra las aceras,
de escanciar bilis sobre los bordillos.
Se viene el huracán, la tremolina,
las noches de los días de resaca
desafinando desde los suburbios.
No hay Batman ni Sansón ni hada madrina,
ni rastro de Han Solo y de Chewbacca
entre esa nube azul de antidisturbios.
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jueves, marzo 08, 2012
martes, mayo 27, 2008
De moluscos y frutas
I
No vuelvas -le advirtió el hada madrina-
más allá de la medianoche a casa
si quieres conservar tersa la gasa
del vestido y el cuerpo de bailarina.
No has de romper con sombras el hechizo
que conjuré al filo de mi varita
has de saber, pequeña margarita,
que un error no lo arregla un bebedizo.
Impía usurparé tu mejillón
al cabo de un suspiro de retraso
convirtiéndolo en un dulce melón.
Fuese así la doncella en su carroza
diez corceles iban marcando el paso
del cortejo, blancos de blanca loza.
II
La esperaba un príncipe valiente
a la mesa del ágape sentado
levantóse a festejar tan buen bocado
caballeroso, ufano y diligente.
A los postres, con ella ya rendida
al encanto febril de su presencia,
ordenó sandía con la impaciencia
de quien cree que en ello le va la vida.
Empleóse a esa fruta con tal fruición
que bizca cenicienta musitaba
¿qué no hará el príncipe con un melón?
Cuando haya de volver, mi bien, me avisa
-espetó él- y ella alzó un brindis con cava:
a las mil, juro que hoy no tengo prisa.
No vuelvas -le advirtió el hada madrina-
más allá de la medianoche a casa
si quieres conservar tersa la gasa
del vestido y el cuerpo de bailarina.
No has de romper con sombras el hechizo
que conjuré al filo de mi varita
has de saber, pequeña margarita,
que un error no lo arregla un bebedizo.
Impía usurparé tu mejillón
al cabo de un suspiro de retraso
convirtiéndolo en un dulce melón.
Fuese así la doncella en su carroza
diez corceles iban marcando el paso
del cortejo, blancos de blanca loza.
II
La esperaba un príncipe valiente
a la mesa del ágape sentado
levantóse a festejar tan buen bocado
caballeroso, ufano y diligente.
A los postres, con ella ya rendida
al encanto febril de su presencia,
ordenó sandía con la impaciencia
de quien cree que en ello le va la vida.
Empleóse a esa fruta con tal fruición
que bizca cenicienta musitaba
¿qué no hará el príncipe con un melón?
Cuando haya de volver, mi bien, me avisa
-espetó él- y ella alzó un brindis con cava:
a las mil, juro que hoy no tengo prisa.
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