domingo, junio 28, 2015

No pueden quedar cabos sueltos (sinfonía criminal en ocho movimientos)

Las exequias fueron todo lo austeras que cabe esperar cuando se trata de honrar a título póstumo a un pelagatos sin nombre ni oficio, a un pobre diablo que apenas tuvo en los últimos meses dónde hincar la rodilla para caerse muerto. Nada de milagrosas pólizas de decesos que garantizan al cliente un trayecto en primera clase hacia el paraíso, con sala de velatorio rematada en mármoles de Carrara y servicio VIP de tanatoplastia incluidos; nada tampoco de féretros temáticos y biodegradables, ni acaso de esos tanatorios cinco estrellas que, de un tiempo a esta parte, proliferan por toda nuestra geografía ofreciendo fabulosas coberturas integrales. No, nada de eso. Lo que allí se vio solo transpiraba salitre, soledad y desamparo. Apenas un par de parientes lejanos que lloraron sin amargura al difunto, de cuerpo presente en el apartamento que tenía arrendado en una pequeña localidad de la costa andaluza; tres tipos que, aun confesándose sus amigos, ni en poco se esforzaron por disimular que el principal pesar de ellos tenía que ver, más que con cualquier otro sentimiento hacia el finado, con la pérdida del cuarto “musquetero” —tal se nombraban entre ellos desde que a uno se le ocurrió pronunciarlo y los demás le rieron desaforadamente el chascarrillo— en aquellas tardes eternas de whisky de contrabando, farias de boda y órdagos a la grande; una mujer de esas que llevan la tarifa escrita en la pechera, maquillada en demasía y bien metida en carnes, que acudió al funeral para únicamente depositar un libro destartalado a los pies del cadáver; un relicario barato de chapa de aluminio que albergaría sus cenizas hasta que el padre Basilio se ocupase de arrojarlas para siempre a lo más luminoso del mar Mediterráneo, cual dictaba su última voluntad, acompañadas de una melancólica oración; y una corona funeraria de flores blancas con una cinta celeste cruzada al bies sobre la que podía leerse, en chabacana disposición de letras doradas, la siguiente leyenda: «No pueden quedar cabos sueltos».  


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Jonás había deambulado durante los dos últimos años por las cuatro estaciones expiatorias de la crisis económica, esperpéntico vía crucis que no deja perder de vista la escarpada cima del Calvario—, a razón de arrastrarse durante un semestre por cada una de ellas en riguroso orden cronológico: la congoja primero, luego el desaliento, el fantasma de la ansiedad después y, last but not least, el invencible ogro de la desesperación. Dos años fue, en efecto, el tiempo máximo que logró Jonás estirar los ahorros en aquel peregrinaje por el vientre de la ballena, luego de que su nombre hubiese pasado a engrosar la nómina del último expediente de regulación de empleo de Indacascajo Morterón, la empresa constructora para la que había prestado sus servicios durante las últimas dos décadas. Altivo de más para reconocerse en la fila de los menesterosos —quién lo ha visto y quién lo ve, acomodado y manirroto ayer y hoy tan palmariamente apurado— e ir tocando a puertas de buen repicar o aceptando limosnas de gente con mejor suerte en la vida, fue el caso que nuestro héroe no encontrase otra salida a sus cuitas económicas que atender la irrechazable oferta del Inglés.


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Igual que llegado el miércoles se volvían inexcusables el partido de Champions League (en temporada) y la mano de mus con los compadres, en la agenda de Jonás cada jueves era día señalado para el refocilo entre los muslos de ‘Fatty’ Morgana hasta bien vaciar de simiente las verijas. Tal era la carnosidad y reciedumbre de la llamada Morgana que no hubiera putañero en varios kilómetros a la redonda que, preguntado por ella, no la refiriese la más apetecible prostituta de todo el distrito portuario. Fue gracias a su natural perspicacia y a los impagables contactos que entre el hampa tenía —pues sintiese al cliente de más alicaído y en horas tan bajas después de haber perdido el empleo, el subsidio y toda esperanza como Jonás llegó a entablar relación con ese personaje principal a quien apodaban El Inglés. A su imagen pública como propietario respetable de un par de selectos clubes nocturnos en el malecón, El Inglés sumaba una aplicada dedicación al proxenetismo, el narcotráfico, la trata de blancas, el estraperlo y, como hasta las ratas bien sabían en las cloacas de los bajos fondos, a ejercer como cerebro de una banda organizada con la que, detrás de cobrarse los aplazamientos de antiguos empréstitos, lo mismo te amputaba un manojo de dedos que te volaba la nuez a sangre fría, siempre el castigo en función de la cuantía comprometida. A raíz de la generosa intercesión de Morgana y después de investigar exhaustivamente al candidato, el capo consintió incorporar a Jonás a la plantilla de secuaces que conformaban el tejido de su organización criminal, ocupando una vacante que por defunción se había originado en la división de matones y sicarios. Para bien o para mal, la suerte de Jonás estaba cantada. No había vuelta posible al redil de la honorabilidad.

                                                         
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Por más que los terapeutas aseguren que el primer muerto es siempre el más difícil, a Jonás todos los encargos le parecían igual de fastidiosos. Incluso siendo cierto, para descargo de su maltrecha conciencia, que en el catálogo de ajusticiados hubiera un par de caudillos de la impudicia que no mereciesen ver la luz de otro amanecer, no era tarea fácil para él acostumbrarse al perfume ferruginoso de la primera sangre derramada. A todo ello se unía el hecho de que la preparación del agente era exclusiva para cada maniobra de ejecución: un estudio detallado de los usos y costumbres del sujeto, seguimientos en días y márgenes horarios aleatorios, la inspección exhaustiva de sus entornos familiar, social y laboral, así como un análisis extremadamente cuidadoso del lugar elegido para perpetrar el atentado, evaluando todos los factores que pudiesen impedir que este pareciera un accidente. Lo que los asalariados del Inglés llevaban a cabo era, sin ir más lejos, el trabajo de campo que se le presupone a un buen detective privado, con el agravante de tener que plantar cara al perseguido en el último acto. Pasaron algunos meses antes de que Jonás consiguiera habituarse a las rutinas del nuevo empleo, demasiado estrictas para hacerlas comulgar con su temperamento pacífico. Una semana después de haber dado boleto al quinto tipo, siguiendo siempre las consignas revanchistas del Inglés, recibió orden de volver a comparecer en el Seas of the Moon donde sería puntualmente informado de los detalles de su próxima misión. Lo que Jonás no podía imaginar es que a partir de ese momento nada volvería a ser igual en la marejada de sus días.

                                  
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Cuando penetró los dominios del Seas of the Moon, alrededor de una hora antes de que el establecimiento abriese sus puertas al público, Jonás encontró a Johnny colocando unas botellas de licor sobre la repisa. «Aquí está lo tuyo», dice el barman deslizándole un elegante portafolio de mano sin mediar otro saludo. «No vuelvas a olvidarte de quemar la documentación en cuanto la hayas memorizado. Buena suerte». Para entendernos, no hace otra cosa que recordarle el protocolo de rutina que rige cualquier negocio al margen de la ley con el fin de evitar posibles complicaciones. Se despiden. A pesar del nutrido arsenal de prevenciones que conforman el catálogo de estilo del Inglés, Jonás, de naturaleza imprudente, se afinca en el mostrador de un mesón cercano al Club, a la vista de parroquianos y advenedizos, y pide una cerveza. (He ahí el tipo de detalles que dirigen el foco hacia la impericia del neófito). Allí mismo descubre la cremallera del portafolio y extrae la ficha correspondiente al agraciado de turno, que aparte de sus datos personales contiene (sistemáticamente) varias fotografías recientes, un currículum vítae, un compendio de sus aficiones más señaladas y hábitos más comunes, una lista con los nombres de las personas que integran sus círculos más próximos y una recapitulación de los pecados cometidos, esta última rematada por un dictamen del Inglés en el que se formula la sentencia que debe aplicársele al desdichado. Jonás se envía el vaso de cerveza al coleto mientras se dispone a ojear lo más relevante del dossier, pero ni siquiera es capaz de ingerir el primer buche, que termina espurreado sobre sus pantalones como un géiser de espuma de cebada. No quiere creer lo que sus pupilas ya han visto. No puede. Nombre: Tobías Pérez Rebolledo. Y entonces sus ojos vuelan inmediatamente hacia la fotografía que preside la esquina superior izquierda del documento, la cual acaba por confirmar su presentimiento. No hay duda. Se trata de él. Tobías, el amigo de la infancia. Sentencia: aplicar puñalada profunda en el bajo vientre. Repetir la operación tantas veces como sea necesario. Observación 1: certificar el desangramiento. Observación 2: previo a pinchar, exponer con voz alta y clara al target: «El Inglés te envía sus respetos. No deberías andar jugando con menores de edad, menos aún con la hija del que decide quién vive y quién muere en esta ciudad. Una raja por otra».    


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Él sabe que no puede hacerlo. Hay códigos de lealtad que nunca deben quebrantarse, eso Jonás lo tiene claro. Y luego están la moralidad, el sano juicio, los principios y la mala conciencia. No habría sido capaz de sobreponerse a la fatalidad de tener que ajusticiar a un amigo, por más que le obligase la deuda para con su nuevo empleador. No hubiera podido soportarlo, de eso no le cabía duda alguna. Estaba decidido: no lo haría bajo ningún concepto. Iría a dialogar con El Inglés, quien a buen seguro entendería lo emocionalmente comprometido de su situación y juntos buscarían un arreglo consensuado. Eso es lo que haría. Le expondría su conflicto de intereses y le rogaría, en consecuencia, que le fuese permutado el target con cualquier otro de sus matones a sueldo. Al fin y al cabo, ¿qué importancia podía tener quién le diera matarile a quién?  


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Tal era de esperar de un gran tipo como él, de un patrón de la bonhomía y humanista de provecho, El Inglés se mostró muy comprensivo con el dilema que azoraba a Jonás. «Descuida, muchacho», le había dicho en tono paternal, «en breve te asignaremos un nuevo objetivo». No era liviana la carga que el preboste le quitaba de encima con dicha dispensa, aun cuando el alivio derivado de ella no le impidiera naufragar en la idea trágica de que Tobías ya estaba sentenciado a morir, cualquiera que fuese la decisión que él tomara. Viendo que nada había que pudiese hacer para salvar la vida de este —o al menos así debió entenderlo Jonás desde su experiencia con el entresijo de la banda—, se limitó a esperar. Nunca habría imaginado que Tobías, un padre de familia triunfante y bien relacionado, pudiera verse mezclado en los turbios asuntos del Inglés. Este infeliz cruce de caminos mantenía a Jonás instalado en el baricentro que la incertidumbre, la estupefacción y el abatimiento acotaban. En alguna medida le consolaba pensar que la postura que había abrazado era la única que le permitía mantenerse fiel a ambos bandos, apostando tanto por no morder la mano que le tendía el alpiste como por no traicionar la lealtad que se le debe a un camarada. Cierto es que de primeras sintió el impulso de ir con el cuento a Tobías para prevenirlo del desenlace fatal que parecía aguardarle, pero una fuerza de inercia de la misma intensidad y sentido contrario le obligaba a mantenerse fiel a la causa de su pagador. Transcurrieron así cinco días antes de que Jonás volviese a tener noticia de la organización, lo que sitúa de un plumazo el relato de los acontecimientos en la fecha del pasado jueves, su día semanal consagrado al buen hacer de la cotorrera. El episodio final de esta peripecia fue de la siguiente guisa: como de costumbre, Jonás abandona su apartamento al filo de la anochecida y se dirige con paso tranquilo pero decidido a las catacumbas del Club Papillón, esos cuartuchos infectos que él tan bien conoce y donde una vez por semana Morgana le desvela destrezas genitales que aún no hay enciclopedia de anatomía que se haya atrevido siquiera a bosquejar. Esta vez Jonás se acuerda, al fin, de llevarle un viejo ejemplar de “La Celestina” que le tenía prometido tiempo atrás, desde que ella cumpliera la función de alcahueta intercediendo por él ante El Inglés. El trayecto, ligeramente en descenso hacia la línea de costa, hace un recodo en el último tramo para embocar la tenebrosa costanilla en que se ubica la entrada al Club. Cuando llega a su destino no ve a nadie en los alrededores. Los pescadores duermen. Apenas pueden intuirse un par de luces encendidas en las dependencias del primer piso y un paisaje con mar al fondo espejeando brillos de luna. La calma chicha es invasiva. Pasan tan solo unos segundos hasta que el silencio que lo envuelve todo es súbitamente perturbado por el discurrir de unos pasos que se dirigen velozmente hacia el lugar exacto en que él se encuentra. Al girarse sobre sus talones, Jonás identifica inmediatamente la figura de Tobías apuntándole con una pistola “de la casa” al entrecejo. Sin preámbulo alguno ni saludos ni hostias santas, el amigo comienza a verter su retahíla con singular aplomo: «El Inglés te envía sus respetos. Ya no eres persona grata a la organización. De nada nos sirven los blandos. No pueden quedar cabos sueltos». Y, sin darle opción a la réplica, presiona el gatillo con fabulosa entereza. Se trata siempre de matar o morir: imposible concebir una alternativa intermedia para salvaguardar el pellejo.


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Aún resonaba en el aire el eco de la detonación cuando otra onda acústica vino a interponerse agitando a su paso las moléculas de pólvora quemada: «El Inglés te envía sus respetos. No deberías andar jugando con menores de edad, menos aún con la hija del que decide quién vive y quién muere en esta ciudad. Una raja por otra». Y de entre las sombras, como un fantasma que aguardase el momento oportuno para manifestarse, emerge una mano justiciera que le apuñala el bajo vientre sin contemplaciones.






                                                



             

martes, junio 23, 2015

Kafka, la niña y la muñeca (según Paul Auster)

Todas las tardes, Kafka sale a dar un paseo por el parque. La mayoría de las veces, Dora lo acompaña. Un día, se encuentra con una niña pequeña que está llorando a lágrima viva. Kafka le pregunta qué le ocurre, y ella le contesta que ha perdido su muñeca. Él se pone inmediatamente a inventar un cuento para explicarle lo que ha pasado. "Tu muñeca ha salido de viaje", le dice. "¿Y tú cómo lo sabes?", le pregunta la niña. "Porque me ha escrito una carta", responde Kafka. La niña parece recelosa. "¿Tienes ahí la carta?", pregunta ella. "No, lo siento", dice él, "me la he dejado en casa sin darme cuenta, pero mañana te la traigo". Es tan persuasivo, que la niña ya no sabe qué pensar. ¿Es posible que ese hombre misterioso esté diciendo la verdad?

Kafka vuelve inmediatamente a casa para escribir la carta. Se sienta frente al escritorio y Dora, que ve cómo se concentra en la tarea, observa la misma gravedad y tensión que cuando compone su propia obra. No es cuestión de defraudar a la niña. La situación requiere un verdadero trabajo literario, y está resuelto a hacerlo como es debido. Si se le ocurre una mentira bonita y convincente, podrá sustituir la muñeca perdida por una realidad diferente; falsa, quizá, pero verdadera en cierto modo y verosímil según las leyes de la ficción.

Al día siguiente, Kafka vuelve apresuradamente al parque con la carta. La niña lo está esperando, y como todavía no sabe leer, él se la lee en voz alta. La muñeca lo lamenta mucho, pero está harta de vivir con la misma gente todo el tiempo. Necesita salir y ver mundo, hacer nuevos amigos. No es que no quiera a la niña, pero le hace falta un cambio de aires, y por tanto deben separarse durante una temporada. La muñeca promete entonces a la niña que le escribirá todos los días y la mantendrá al corriente de todas sus actividades.

Ahí es donde la historia empieza a llegarme al alma. Ya es increíble que Kafka se tomara la molestia de escribir aquella primera carta, pero ahora se compromete a escribir una cada día, única y exclusivamente para consolar a la niña, que resulta ser una completa desconocida para él, una criatura que se encuentra casualmente una tarde en el parque. ¿Qué clase de persona hace una cosa así? Y cumple su compromiso durante tres semanas, Nathan. Tres semanas. Uno de los escritores más geniales que han existido jamás sacrificando su tiempo (su precioso tiempo que va menguando cada vez más) para redactar cartas imaginarias de una muñeca perdida. Dora dice que escribía cada frase prestando una tremenda atención al detalle, que la prosa era amena, precisa y absorbente. En otras palabras, era su estilo característico, y a lo largo de tres semanas Kafka fue diariamente al parque a leer otra carta a la niña. La muñeca crece, va al colegio, conoce a otra gente. Sigue dando a la niña garantías de su afecto, pero apunta a determinadas complicaciones que han surgido en su vida y hacen imposible su vuelta a casa. Poco a poco, Kafka va preparando a la niña para el momento en que la muñeca desaparezca de su vida por siempre jamás. Procura encontrar un final satisfactorio, pues teme que, si no lo consigue, el hechizo se rompa. Tras explorar diversas posibilidades, finalmente se decide a casar a la muñeca. Describe al joven del que se enamora, la fiesta de pedida, la boda en el campo, incluso la casa donde la muñeca vive ahora con su marido. Y entonces, en la última línea, la muñeca se despide de su antigua y querida amiga.

Para entonces, claro está, la niña ya no echa de menos a la muñeca. Kafka le ha dado otra cosa a cambio, y cuando concluyen esas tres semanas, las cartas la han aliviado de su desgracia. La niña tiene la historia, y cuando una persona es lo bastante afortunada para vivir dentro de una historia, para habitar un mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen. Mientras la historia sigue su curso, la realidad deja de existir.

(Fragmento de "Brooklyn Follies", de Paul Auster, en la traducción de Benito Gómez Ibáñez)


domingo, mayo 31, 2015

Pares opuestos (un relato criminal)

A menudo nos invade una extraña sensación de agotamiento. Nos oprime el peso de un esfuerzo extra, como si a la actividad rutinaria del individuo común hubiésemos de añadir la obligación de permanecer alerta ante cualquier situación de riesgo. El apremio de mantenernos vigilantes en los periodos de acentuación de los episodios críticos. Desde que conocemos la fuente de la patología procuramos controlar la parcela de influencia de cada uno de los temperamentos con absoluto rigor. Vigilarnos el uno al otro se ha convertido en una necesidad y a la vez una carga tan extenuante como eviscerar a la bestia en el matadero. Sabemos de lo que hablamos: nuestro oficio es el del jifero. Así fue que entablásemos contacto con las hemorragias masivas y los descuartizamientos. Y nos gustó. O, por mejor decir, a uno de nosotros le gustó. El otro es más austero y apacible. Más poeta. Sucede empero que, a bien o mal nuestro, somos tan indestructibles como lo era el átomo antes de que la ciencia de Lise Meitner irrumpiera en su férrea estructura. En este momento nos encontramos reunidos con Miranda Lessing, una prestigiosa abogada penalista, quizá la más audaz de las tres que comparten el bufete de Quintanilla. Hace mucho calor. Suda. Superada la disciplina protocolaria de los saludos, es ella quien rompe el hielo: “estoy preparada, señor Dávalos”. Pausa. “Cuéntemelo todo desde el principio”. Desde el principio, dice la hermosa Dicea despechugándose un poco más con cada ligero ademán. En el principio era el Verbo. O el Caos Ecuménico. Acaso la Nada. El principio era como un atascadero de estrellas hirvientes al borde del Gran Estallido. (¿Continuamos?). Sin embargo, respondemos no más que con un sucinto “poco hay que contar”. Incluso sumados somos de pocas palabras. “¿Cómo dice?” –la letrada da síntomas de no aprobar lo que escucha. “Estoy aquí para ayudarle, señor Dávalos, ¿recuerda? Y para eso necesito saber”. Pausa. “Saberlo todo”, añade enfáticamente. Ella quiere saberlo todo… Nosotros una vez creímos saber quiénes éramos cada uno, quién el yin y quién el yang, quién el pasado y el futuro. Reparto de roles. Pares opuestos. Identificación de contrarios. Y creímos también saber, después que el médico forense pasase por alto el diagnóstico de trastorno afectivo bipolar, que éramos invencibles en nuestra terca y solidaria indisolubilidad. Apenas eso sabemos y contar hasta diez, el Número Perfecto. (¿Continuamos?). “Le aseguramos que nada hay de interés que podamos aportarle”, insistimos. “Todo empeño es inútil”. Ella nos enfila sosteniendo una apreciable sombra de perplejidad en su mirada, se rebulle en el sillón y vuelve a la carga con entereza: “con esa actitud no se salva, señor Dávalos”. Pausa. “Si lo que quiere es que yo le defienda ante un tribunal con alguna garantía de éxito, debe explicarme con la mayor profusión posible de detalles cuál es el origen de la acusación”. Al fin la epifanía del plato fuerte: la acusación. Antes de acusarme contémplate a ti mismo, entonaba Bo Diddley con empaque de bluesman sureño. ¿Y quién acusa a los acusadores? ¿Quién a los acusadores de los acusadores? El crimen campa a sus anchas diariamente por salones, oficinas y gabinetes de distinto rango y menester. No son raras las ocasiones en las que quien más se envanece de ser fiel cumplidor de la ley, aquel que más se engalla por tener un certificado intachable de penales, ese espécimen indigno que de tan pulcro como se exhibe asegura enjuagarse los empastes con Don Limpio, acapara más peligro en cada firma que una bala perdida en un local nocturno de Ciudad Juárez. Hiede el dedo acusador que blande con arrogancia el fariseo. (¿Continuamos?). Entonces terciamos: “nuestra suerte está echada. Hemos sido señalados, perseguidos y juzgados anticipadamente. No hay salida. Se valen unos y otros de la vertiente cabal del superyó para acusarnos, al tiempo que su yo animal torpedea sin pudor la línea de flotación de cualquier código ético”. Nuestra dulce Dicea tarda en reaccionar. Vuelve a agitarse en el asiento perceptiblemente más azorada. Sus ojos rebosan de pupilas. No ha conseguido encajar esa ambigua persona del plural que le habla en las estrechas repisas de su cerebro, ni otorgándole siquiera el beneficio de la duda mayestática. Tal vez se piense incluida en nuestras cavilaciones. Con el último balanceo se le han arracimado los pechos mansamente. Más calor. Juntas las manos, apoya los antebrazos sobre la mesa y dispara: “no debería tomarse esto tan socráticamente, amigo”. Pausa. Se ha calado uno de esos cigarros a vapor entre los labios. “A la luz del informe forense no hay atenuantes posibles en la causa. Y, por si lo ha olvidado, estamos hablando de nueve imputaciones por homicidio doloso”. Pausa. “¡Nueve!”. Más sudor. No recuerdo haberlo dicho anteriormente: detestamos a los abogados. Tanta verborrea altísona, tanto tecnicismo insolente. Pero en descargo de la señora Lessing debo decir que es como un torrente incontenible de energía vital. Una radiante supernova. Luz abrasadora. Indagando en varios tratados de física habíamos llegado a la conclusión de que la energía viva del Planeta está obligada a conservarse globalmente. La que se pierde allá se recupera acá. Andando el tiempo pudimos constatar, en ese laboratorio privado en que habíamos convertido el matadero, cómo la energía que libera la carne extinta es trasvasada íntegramente al karma del verdugo. ¡Eureka! Un volcán de vitalidad. Como engullir un suculento filete, pero en un estadio anterior de reciedumbre y pureza. Trasladar este Principio de Equidad Universal a la especie humana fue el súmmum. Kilojulios de energía tanática emigrando del fiambre del prójimo a cada uno de nosotros como un géiser de potencia desbordante. Inspiración profunda, náusea y eructo para que asiente bien el tránsito de la química molecular. “Anote diez”, refuta uno de nosotros comprimiendo el cuello terso y blanquecino de ella con la diestra, en tanto el otro emplea la mano del diablo para redactar este panegírico a la ciencia funérea, esta crónica del triunfo definitivo de la Ley Telúrica que obra ahora en poder de usted. (¿Continuamos?).



lunes, abril 06, 2015

Mrs. Bathurst

 El 28 de diciembre de 1895 los Lumière organizaron la primera exhibición pública de cine previo pago en el Salon Indien del Grand Café de París. Es por ello que muchas fuentes consideran esta fecha como la del nacimiento del cine: la gloriosa fecha en que la ciencia se hizo cine y habitó entre nosotros. Nueve años más tarde, en septiembre de 1904, aparece publicado "Mrs. Bathurst" en el Windsor Magazine (en Inglaterra) y el Metropolitan Magazine (EEUU), el relato de Rudyard Kipling que es universalmente reconocido como el primer texto literario en incorporar el cine a su argumento. Es cierto que ya en 1896 Maximo Gorki consagra dos artículos periodísticos al nuevo invento y que hubo otros relatos anteriores a este que ya hacían mención expresa al Cinematógrafo, como 'Our Detective Story' (George R. Sims), 'The Awful Story of Heley Croft' (A. S. Appelbee) o 'Colonel Rankin's Advertisement' (Raymond Rayne). Sin embargo, estos últimos apenas trascendieron las fronteras del ámbito de la revista y del país en que fueron originalmente publicados. Hasta donde me ha sido dado conocer no me consta que exista traducción alguna de "Mrs. Bathurst" al castellano, por lo que esta que se enlaza a continuación pudiera ser la primera hasta la fecha. Espero puedas disfrutar de ella y de ese hálito mágico, emocional y fantasmagórico que Kipling atribuye al Biógrafo o Cinematógrafo, ese "nuevo número de naturaleza científica" que trae el Circo Phyllis y que inopinadamente viene a acentuar algunas viejas pasiones. ¡Feliz lectura!    

https://drive.google.com/file/d/0By4GME2LVBTQQlg2R0xPMkJHOG8/view?usp=sharing



lunes, diciembre 22, 2014

Magia a la luz de la luna

La magia está íntimamente emparentada con los orígenes del cine. Allá por 1896, cuando quiso comprar la patente del cinematógrafo a los Lumière, George Méliès dirigía el teatro de ilusionismo Robert Houdin de París. George Méliès fue el primer mago, el primer cineasta, el primero que convocó la fantasía [...] Méliès estaba preparado para su futuro al haber sido mago de salón, ilusionista y ventrílocuo, adelantándose a los actores que hablarían con una voz desplazada, afirmaba Guillermo Cabrera Infante en su disyuntivo Cine o sardina. No es la de Allen la primera película, ni será la última, que coloque el foco argumental sobre las tablas de la magia o de la adivinación como pretexto; sin embargo, con su Magia a la luz de la luna el director neoyorquino se aventura, haciendo filigranas en el aire, a dar ese paso de más que separa el mero homenaje del más ciego amor, en este caso por el cine y lo que este representa para él.

La acción del filme se sitúa en el último tramo de los locos años 20. Es la época de las primeras obras maestras que el cine nos brinda: el Amanecer de Murnau, El acorazado Potemkin de Eisenstein, El maquinista de la General de Keaton o La quimera del oro de Chaplin. Es también el tiempo en que arrancan las filmografías de Alfred Hitchcock (Easy virtueEl enemigo de las rubiasLa muchacha de Londres...) y de Leo McCarey, responsable de la dirección de los mejores cortos de Laurel y Hardy, y un poco más tarde de Sopa de ganso, posiblemente la mejor película de los Hermanos Marx.

Apunto todo lo anterior porque lo que yo veo mientras veo Magia a la luz de la luna es el resultado de una milimétrica deconstrucción de dos grandes éxitos del Hollywood clásico pasados por el inconfundible tamiz idiosincrásico de Woody Allen, convenientemente agitados y mezclados en las proporciones precisas.  

[Lo que sigue desvela contenidos fundamentales de la película, de modo que si no la has visto aún y tienes intención de hacerlo, quizá debieses abandonar en este punto la lectura de esta crónica]

Los paisajes recurrentes de la Costa Azul y los bailes de salón en los que el vals deviene frenético hot jazz, me transportan inmediatamente a esa comedia romántica (como la que nos trae) que protagonizan Cary Grant e Ingrid Bergman en Atrapa a un ladrón. Y, ¿acaso no es esta también la historia de la redención que el protagonista experimenta a través del amor, cuando es objeto de la trampa que la pequeña Danielle le tiende para hacer notar al mundo que puede ser tan grande como él en el arte del desvalijamiento? Curiosamente, un antagonismo bastante similar entre dos magos sirve para construir el leitmotiv de la película de Allen.

Pero si hay un referente que, como uno de esos ectoplasmas a los que artísticamente invoca Emma Stone, planea por mis entendederas a lo largo de casi todo el metraje, ese es Tú y yo, una obra maestra absoluta (prefiero la segunda versión, de nuevo con Cary Grant a la cabeza) y, en mi opinión, una de las mejores películas de la Historia del Cine -y no solo por contener el beso más sobresaliente jamás filmado-. Veamos: cuando Deborah Kerr y Cary Grant (o Irene Dunne y Charles Boyer, para quienes prefieran el filme de 1939) se conocen a borde de un lujoso transatlántico, ambos están comprometidos con personas acomodadizas y pudientes, lo cual no constituye un óbice para que acaben enamorándose (tal sucede con Colin Firth y Emma Stone en nuestro caso, ¿no es cierto?). De regreso a sus trajines cotidianos, a sus vidas ordinarias, como quien despierta cualquier mañana de un sueño feliz, disponen de seis meses (según ellos mismos acuerdan) para replantearse el rumbo de sus pasos y decidir si desean volver a verse en la última planta del Empire State Building (el lugar más cercano al cielo, quiero recordar que comentan en algún punto de la película, trasladado ahora por Woody Allen al mismísimo cielo, el cielo cristiano habitado por los espíritus con los que la médium se maneja), símbolo último de que habrían abandonado a sus respectivas parejas y apostado por una vida en común (¿acaso no es esa, también, la misión salvífica del observatorio astronómico en la película de Allen?). No obstante, un desafortunado accidente (Deborah Kerr es atropellada) impide a los amantes reencontrarse (¿no es el accidente de tráfico que sufre la tía Vanessa lo que acaba por impedir, a raíz de un cambio radical en la óptica del protagonista, que la pareja se entregue al amor sin más demora?). Aun así el amor acabará triunfando, como no podía ser de otra manera, pero lo hará ante la presencia de un testigo muy especial. Uno de los fragmentos más emotivos del filme de McCarey transcurre en Villafranche-sur-mer, en la Côte d'Azur francesa, donde reside la abuela de Cary Grant (portentosa Cathleen Nesbitt) a la que van a visitar durante una escala del crucero, y quien ejerce a la vez de catalizadora y testigo de una historia de pasión entre ambos que está a punto de florecer (¿en qué difiere esto de la secuencia final de la película de Allen, cambiando el chal de la abuela como elemento dramático por esos simpáticos toques del más allá, entre los que Woody se mueve como pez en el agua: uno SÍ y dos NO?)




jueves, diciembre 18, 2014

Ande la marimorena

I

Ya anuncian las panderetas
con sinfonía gozosa
la venida luminosa
del Niño Pablo, el Coletas.

Tres magos anacoretas
lo bautizan "Malacosa"
con extracto de lactosa
de cura huelebraguetas.

El yerno del soberano,
la LOMCE, la ley mordaza,
Catalonia è sempre Mas,
no te extrañe si a desmano
las campanas de la plaza
repican por Nicolás.

II

Un villancico hay que suena
extramuros de Cantora:
"Abajaba la pastora
por el monte hasta la trena".

Ande la marimorena,
rin rin, nos purgue la aurora,
que GastroBankia elabora
chorizos para la cena.

Y entre todo este barullo
de engañifas, tropelías
y capos entre barrotes,
la Nochevieja en el trullo
promete más alegrías
que en la tele la Pechotes.

domingo, diciembre 07, 2014

Más allá del horizonte

Más allá del horizonte, donde el sol tiene guarida,
al final del arco iris he despertado a la vida.
En largos atardeceres de desgobierno estelar,
más allá del horizonte no es una utopía amar.

El deseo me espolea,
no sé qué hacer, no hay consuelo,
contra el viento y la marea
me empadronaré en tu cielo.

Más allá del horizonte, en otoño o primavera,
el amor eternamente nos espera.

Más allá del horizonte, los confines rebasados,
al llegar la medianoche ya estaremos compinchados.
Corre el agua por el valle presumiendo de frescor,
más allá del horizonte alguien reza en tu favor.

Mi pobre corazón está palpitando
porque sintió de un ángel el beso,
mis recuerdos se van inundando
de mortal embeleso.

Más allá del horizonte, cuando el juego se termina,
cada paso que tú das mi trasunto lo camina.

Más allá del horizonte, los vientos nocturnos a compás
entonan una melodía de muchas lunas atrás
y las campanas de Santa María repican melosas,
más allá del horizonte te descubrí entre las cosas.

Todo es oscuro y sombrío,
he estado suplicando en vano,
estoy herido y vacío,
arrepentirse es humano.

Más allá del horizonte, donde ese mar traicionero,
se olvidó tu amor de iluminarme el sendero.

Más allá del horizonte, bajo cielos color grana,
no me canso de mirarte a la luz de la mañana.
Surcan mis ojos templos, reinos y países sin fin,
más allá del horizonte, del uno al otro confín.

En el momento decisivo
siempre hay alguien que te cuida,
siempre queda un buen motivo
para indultar una vida.

Más allá del horizonte el cielo es tan azulado...
Yo tengo más de una vida para vivirla a tu lado.


https://rutube.ru/video/051b32d5cfe08aff2d9831389a973adf/

miércoles, octubre 22, 2014

Imagina

I

Que disparasen flores los fusiles,
que hablasen los profetas de esperanza,
que en el grávido holgar de la balanza
pesasen más los cientos que los miles.
Que fuesen, mes a mes, todos abriles
y todos los hidalgos Sancho Panza,
que no hubiera tormenta sin bonanza
ni oscuridad exenta de candiles.

Un nimbo que lloviese gasolina,
un virus portador de vida zen,
un modo de escapar de esta sentina,
un relaxin' tequila en el Edén
y un diablillo que sueña que imagina
que vienes cada vez que digo ven.



II

Un faro que alumbrase el farallón
de causas aún pendientes de fortuna,
tomar la cara oculta de la Luna
rindiendo el espinazo del Dragón.
Dios y Diablo (¿quién gato, quién ratón?)
jugándose el honor a las veinitiuna,
una píldora azul contra la hambruna
y un Dow's Vintage para el corazón.

Que cotizase al alza la aventura,
que hubiese caja B para el amor,
que desgravase el genio y la figura,
que cada parlamento atronador
(y cada affaire de la razón impura)
sonase a fantasía en do menor.






sábado, septiembre 27, 2014

En el gueto


Mientras cae la nieve
en Chicago, en una mañana gris y fría 
nace un niño pobre
en el gueto.

Y su mamá llora
porque si hay algo que no necesita
es otra boca hambrienta que alimentar
en el gueto.

¿Acaso no entendéis
que el niño necesita ahora una mano amiga
o se convertirá en un camorrista?  
Miraos a vosotros y miradme a mí,
todos demasiado ciegos para ver.
¿Es que giraremos la cabeza sin más
para mirar hacia otro lado?

El mundo gira
y un niño hambriento y mocoso
juega en la calle mientras sopla el viento frío
en el gueto.

Y el hambre lo consume,
así que empieza a deambular por las calles de noche
y aprende a robar,
y aprende a pelear
en el gueto.

Tenía que llegar una noche en la que, desesperado,
un muchacho rompiese con todo 
y comprase un arma, robase un coche,
se aventurase a correr pero no llegase lejos.
Y su mamá llora
cuando una multitud se agrupa en torno a un camorrista,
la cara contra el asfalto y un arma en su mano
en el gueto.

Mientras el muchacho muere
en Chicago, en una mañana gris y fría,
otro niño está naciendo
en el gueto.

Y su mamá llora... 




lunes, septiembre 15, 2014

Así es

Lo más importante (y sin embargo insuficiente) para disfrutar de una vida sana y provechosa es querer hacerlo. No es broma. Todo el mundo sabe que para acogerse con éxito al plan de una dieta equilibrada -y digo, fíjese, no más que equilibrada; con las "milagrosas" el ejercicio se vuelve mucho más turbio-, hay que estar dispuesto a (y preparado para) cambiar de horarios, de costumbres e incluso de actividades, aceptando las casi inesquivables alteraciones de ánimo y humor que ello acarrea; por no hablar de los trastornos metabólicos e intestinales que paradójicamente afligen al practicante durante las primeras semanas. Y esta voluntad de transformación, esta necesidad de apostar decididamente por unos hábitos alimenticios saludables que renieguen de cualquier desbarajuste de lípidos, azúcares, colesterol y otros excesos primitivos, exige de antemano un estricto examen de conciencia y un firme propósito de la enmienda. Una especie de envite al diablo por el que se renuncia a caer en la tentación.

Así es.

Sin ir más lejos, tengo un amigo que se ha sometido durante el último año a un proyecto intensivo de adelgazamiento y con el que logrado, a base de alcachofas, cosechar resultados inesperados: veinticinco kilos de sebo -ha leído bien- que, a fuerza de sacrificio, gimnasia pasiva (la única posible a tenor de ese dolor crónico de huevos que, tal decía él, los políticos y la soledad le producían) y mucha hambre, se habían evaporado de los recovecos de su tejido adiposo como por arte de encantamiento.

Es un hecho probado -diríase que un sentir popular, que es el mejor experimento posible donde no alcanza a llegar la ciencia- que hasta hace poco tiempo el procedimiento era incómodo y fatigoso, casi me atrevería a afirmar que molesto. Recopilemos: en primer lugar uno debía visitar a un endocrinólogo que pudiera aconsejarle sobre la dieta más conveniente según su edad, estado de salud y constitución física, y que le explicase con detalle qué clase de alimentos es la más apropiada en cada caso para satisfacer las necesidades energéticas del organismo o, dicho de otro modo, cómo hacer acopio de vitaminas, proteínas, grasas, sales minerales e hidratos de carbono de manera compensada; la siguiente visita -que habría de producirse, haciendo un cálculo grosero pero generoso, apenas transcurridos un par de meses de la anterior- es al psicoterapeuta, cuando el sujeto en cuestión toma conciencia de que el padecimiento al que el régimen alimenticio lo condena está perjudicando seriamente su vida conyugal, adulterando su conducta social e incluso desmejorando su rendimiento laboral, además de ocasionarle severas crisis de ansiedad de tanto en tanto; todo acabaría ahí de no ser porque, con el afán de poder satisfacer los casi quinientos euros mensuales que la visita al psicoterapeuta acarrea (si pensamos en dos visitas semanales a razón de unos sesenta euros la visita), uno se ve en la necesidad imperiosa de abandonar el tabaco, lo que acaba repercutiendo en un ansia incontrolable por llevar a cabo el abordaje de la nevera; es entonces cuando, en un visto y no visto, se recupera el peso perdido al cabo de tanto sufrimiento, y cuando el ciclo nutritivo (endocrinólogo, dieta, crisis emocionales y de ansiedad, vuelta a fumar, psicoterapeuta, ruina...) se pone nuevamente en marcha si uno no ha sucumbido antes al beso de Judas de la depresión.

Por suerte, las cosas han cambiado mucho con el siglo. Llevar hoy una vida razonablemente saludable en cuerpo y alma depende no más que de dos figuras beatíficas, dos auténticas instituciones que poco a poco van comiéndole terreno a la familia como aliviadores de problemas y ahuyentadores de complejos: el personal trainer, que se ocupa de mantenernos en forma mediante progresiones de ejercicios de índole física y una atención especial a la respiración, la concentración, las pausas, el dominio de la mente y la alimentación; y el  coach, que es gurú, chamán, psicólogo, terapeuta, confesor, instructor, consejero y nutricionista, todo en uno. Ni Boris Vian, oiga. Todo ello unido a la ágil lectura de un par de libros de esos que dicen de autoayuda al año y a buen seguro acabará usted descojonándose de sus michelines, bendiciendo su calvicie prematura o pensando que tiene el par de tetas mejor puestas de todo el hemisferio norte, aunque los pezones descollasen a la altura del ombligo.

Así es.      

domingo, junio 08, 2014

Promoción 89

Sumamos años sin perder la cuenta,
marchamos al decir de la plomada,
del último al primero en la manada
nos batimos el cobre en la placenta.

Sabemos navegar en la tormenta
y nunca claudicar en la escalada,
olemos a estertor de edad dorada
y a son crepuscular de los ochenta.

Y aunque haya a quienes nos clarea el techo
y las sienes se tiñan de aguanieve,
nos sobra corazón o falta pecho
para tanta afección, tan gran relieve.
Cinco lustros nos juzgan por derecho:
La Salle, promoción ochenta y nueve.




domingo, marzo 30, 2014

That evening sun/Ese sol crepuscular (Old Crow Medicine Show)


Los perros callejeros andan ladrando,
las gallinas cacarean por el carril,
y yo me siento como ese inconformista
que arrastra su triste y sordo estribillo,
con el sol cayendo sobre mis hombros,
merodeando por la explanada como un baldío
que se marchará de aquí mañana,
que tomará un vagón vacío.  

Hay un millar de constelaciones
poblando ese cielo esplendoroso, radiante,
pero la Tierra es solo una estación
en aquella línea solitaria y rutilante.
Silba una bocina lejana 
sobre un tramo de vía oxidado
y me doy cuenta de que no soy más 
que un vagón carbonero vacío
en un tren que jamás regresará.  


Detesto ver cómo va apagándose ese sol crepuscular,
su solitaria presencia sobre mi rastro,
pero sé que este tren habrá de conducirme a mi destino
aunque deteste ver cómo va apagándose ese sol crepuscular.


Los andenes tienen sus farolas
y la ciudad su resplandor,
y la luz de luna acompaña
el discurrir de la sombra del pobre muchacho,
mas nadie puede asegurarle 
que la noche volverá a traer el sol de la mañana,
y mis ojos no han conseguido adaptarse
a este oscuro rostro que me ciñe. 


Detesto ver cómo va apagándose ese sol crepuscular,
su solitaria presencia sobre mi rastro,
pero sé que este tren habrá de conducirme a mi destino
aunque deteste ver cómo va apagándose ese sol crepuscular.


La noche te hace sentir solo.
En pos de ese primer sol de la mañana,
de la luz sobre la locomotora
extendiéndose hasta el amanecer,
puedes pasar la vida entera corriendo
por ramales oxidados de ferrocarril,
persiguiendo el ocaso
bajo ese cielo oscuro y ondulante.


Detesto ver cómo va apagándose ese sol crepuscular,
su solitaria presencia sobre mi rastro,
pero sé que este tren habrá de conducirme a mi destino
aunque deteste ver cómo va apagándose ese sol crepuscular.


miércoles, marzo 19, 2014

Anagrama


     Tal como yo lo imaginaba, un laboratorio farmacéutico debía ser algo parecido al gabinete clandestino de la lavandería de Breaking Bad, con todos esos armatostes siempre dispuestos para librar la guerra química, pero a lo bestia. Se me antojaba una de esas naves cuadrangulares de techo alto que, erigida entre concesionarios de automóviles y outlets de muebles de jardín, conforman la primera línea de batalla de algún polígono industrial situado en el extrarradio de la ciudad. Y, al frente de la mole de hormigón, avizora y luminosa, la serpiente afín al gremio atornillando con su sinuosa feminidad el cáliz contenedor del antídoto. Lo que a su vez quería significar que, si el empresario decidiese cualquier día reorientar el negocio de los medicamentos hacia los andurriales del lenocinio, bastaría solamente con reorganizar las letras que configuraban el nombre de la marca sobre el frontispicio, BOLDICH PONCE S. A., para convocar a la machada bajo el reclamo alternativo incluso puede que sugerente de más; artístico, en todo caso de BICHAS DEL COPÓN. Anagrama, creo que lo llaman los que saben qué es un anagrama.


  

lunes, marzo 10, 2014

Tragos y palabras


Nunca he sido muy dado a las resurrecciones, como bien sabe quien bien me conoce de mi paso por este mundo de muertos, ni en el sentido literal ni en el figurado. Y si me viera en necesidad de elegir alguna, cosa poco probable, rescataría del olvido la de Lázaro, el de Betania, un episodio bíblico revestido de una hondura poética extraordinaria, previo a la cumbre épica que supone la del propio Jesucristo. Por lo demás, ni el proclamado regreso del agente 007 en Carta blanca (Jeffrey Deaver) ni la anunciada reencarnación del detective belga del mostacho cuidado y  la cabeza de huevo, Hercules Poirot, de la pluma de Sophie Hannah, han conseguido despertar mi apetito literario ni acaso un atisbo de emoción menor. Tampoco, en el ámbito cinematográfico, me arrastró a las salas la idea de hacer retornar a la vida a la teniente Ripley en Alien: Resurrección (Jean-Pierre Jeunet, 1997), en el pellejo de Sigourney Weaver cuyo personaje, dicho sea de paso, está también llamado a resucitar en Avatar II; ni siquiera las cotizadas reapariciones de Freddy Krueger en todas las secuelas de Pesadilla en Elm Street. En definitiva, podría decirse que soy más partidario de dejar que los muertos en el sentido literal tanto como en el figurado descansen en paz. 

Pero he ahí que, 56 años después de la publicación de Playback, última novela de Raymond Chandler protagonizada por Philip Marlowe, y dejando de lado la contribución que Robert B. Parker hiciera a la obra póstuma La historia de Poodle Springs y su fallida, en opinión de la crítica del momento secuela de El sueño eterno, que dio en titular Perchance to dream (y que, hasta donde alcanza mi conocimiento, no está traducida al castellano), he ahí que, iba diciendo, un escritor sexagenario de origen irlandés asume el riesgo, en connivencia con editores y herederos del autor original, de reabrir la oficina de Marlowe en la sexta planta del edificio Cahuenga, en Hollywood Boulevard, para que una rubia alta y delgada, de nariz aristocrática, con ojos negros y profundos como un lago de montaña, hombros anchos y elegantes caderas, inunde de inquietud y algo parecido a Chanel nº 5 la dependencia. Y el material que Benjamin Black (seudónimo de batalla de John Banville, nombre que empieza a ocupar silenciosamente las listas de candidatos al Premio Nobel de Literatura) entrega es algo que traspasa con creces las lindes de la mera corrección, alcanzando inexploradas cimas de brillantez en la matizada construcción de los personajes tanto como en la sugerente prosa que los delinea, a la vez indómita y precisa, y exhibiendo una capacidad mimética sorprendente para enlazar con la obra previa y el estilo inconfundible de 'pal' Chandler.   

La atmósfera que envuelve a La rubia de ojos negros es íntimamente urbana, tanto así que se hace inimaginable el andamiaje formal de la narración sin esa estrecha conexión que la vincula a los arrabales de Santa Monica, Hollywood Hills  o Bay City; al viejo Oldsmobile del fisgón chandleriano recorriendo con nocturnidad y alevosía las tenebrosas calles de Los Angeles; y a los gimlets ese cóctel que «tiene que ser saboreado lentamente o te golpea como una carga de profundidad» en Victor's y Barney's Beanery, la cerveza en Lanigan's o los vodka martini en el Ritz-Beverly. Ambientada en los primeros años 50, como queda circunstancialmente atestiguado en distintos puntos de la novela («Estaba tan nervioso como una quinceañera de camino a su primer concierto de Sinatra»«[…] en la pantalla apareció un tráiler de La novia del gorila, con Lon Chaney y Barbara Payton de protagonistas», o bien: «Cuando llamaste, Sugar Ray estaba utilizando a Joey Maxim de bayeta para limpiar el suelo»), la historia que hilvana Banville/Black no solamente nos devuelve a un Marlowe perfectamente identificable (a saber, la pasión que profesa por el ajedrez, su inclinación hacia la poesía, un código ético inviolable o ese abandono ritual al consumo de gimlets), sino que adentra además al detective en un pandemónium característico de engaños, palizas, muertes, inesperados reencuentros, enredos, enigmáticas mujeres y matones de vía estrecha. Todo muy negro, desde el Black firmante hasta los cigarrillos Black Russian ensartados en boquilla de ébano que Clare Cavendish sostiene entre sus dedos, delgados pero fuertes. Y todo subordinado a un ritmo narrativo que bordea la excelencia puro noir vintage, puro Chandler, pura mitología trágica y, por si aún fuera poco, a la recuperación de algunas de las más peligrosas relaciones inauguradas en El largo adiós.    

De modo que, siguiendo los consejos de nuestro Garci para preparar un buen gimlet, únicamente has de trocear un par de limas en 8 partes y machacarlas en la coctelera; añadir luego un chorrito de Rose's y dejar reposar la mezcla al menos 15 minutos; para después rellenar la pócima con la cantidad oportuna de Rose's hasta que este ocupe 1/3 de la medida total del experimento y completar el preparado con 2/3 de ginebra; bastará finalmente con agregar el hielo y un poco de nostalgia al batir la coctelera. Ya solo tienes que acomodarte en tu butaca favorita y empezar a leer con deleite, paladeando simultáneamente tragos y palabras: «Era martes, una de esas tardes de verano en que la Tierra parece haberse detenido»





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