Apenas había transcurrido una década desde la primera exhibición pública del cinematógrafo cuando Sax Rohmer -seudónimo de Arthur Sarsfield Ward, padre literario de Fu Manchu- escribe en 1908 este sorprendente relato, "La araña verde", lleno de misterio y fascinación. Hasta donde alcanza mi entendimiento, la traducción que aquí comparto es, por desgracia, la única disponible en castellano a día de hoy. Leed y disfrutad.
domingo, junio 11, 2017
viernes, diciembre 23, 2016
Cencerro sobre cencerro
Mariano sigue el Lucero
que ilumina al continente,
pues si no es Mago de Oriente
no se entiende que a un trilero
lo reelijan Presidente.
Al grito desde el espejo
"¡que viene Susana, payo!"
en la garganta hacen callo
los vinos del Año Viejo
y de la Misa del Gallo.
Albert, azúcar y sal,
más que el hambre necio y listo,
así, en un visto y no visto,
lo mismo adora al Zagal
que idolatra al Anticristo.
Y en un santiamén, mañana
con alforjas por ojeras
monta un especial Ferreras
de Nochebuena con Ana
por si, Niño Pablo, nacieras.
que ilumina al continente,
pues si no es Mago de Oriente
no se entiende que a un trilero
lo reelijan Presidente.
Al grito desde el espejo
"¡que viene Susana, payo!"
en la garganta hacen callo
los vinos del Año Viejo
y de la Misa del Gallo.
Albert, azúcar y sal,
más que el hambre necio y listo,
así, en un visto y no visto,
lo mismo adora al Zagal
que idolatra al Anticristo.
Y en un santiamén, mañana
con alforjas por ojeras
monta un especial Ferreras
de Nochebuena con Ana
por si, Niño Pablo, nacieras.
miércoles, noviembre 23, 2016
Entropía
A la vanguardia del desbarajuste,
infarto agudo de la simetría,
desorden del deseo, casquería
siniestra de la ruina, mal de fuste.
Disonante anarquía del embuste,
maneras de vivir, fraseología,
se enreda la noche con el día
cada vez que le gusta que me guste.
No sé ya si el buen tránsito o el mal fario
la lleva en andas y a veces la endereza
al abismo del pueblo estacionario.
Ya no sé si es su embrollo o mi torpeza,
que con cada acaloro innecesario
me sube la entropía a la cabeza.
infarto agudo de la simetría,
desorden del deseo, casquería
siniestra de la ruina, mal de fuste.
Disonante anarquía del embuste,
maneras de vivir, fraseología,
se enreda la noche con el día
cada vez que le gusta que me guste.
No sé ya si el buen tránsito o el mal fario
la lleva en andas y a veces la endereza
al abismo del pueblo estacionario.
Ya no sé si es su embrollo o mi torpeza,
que con cada acaloro innecesario
me sube la entropía a la cabeza.
martes, noviembre 10, 2015
Mujer
Rige el miedo, mujer, con mano dura
el rumbo de la nave, viento en prosa,
las dudas del timón, la mar briosa,
los desvaríos de la singladura.
Ruge el miedo, mujer, desde la amura
de estribor ciñendo, tempestuosa
la corriente, revuelta, peligrosa,
la ola semental, la viril bravura.
Más que el ciclón, mujer, así te mata
el fuego de cañón por barlovento
jurado a la bandera del pirata.
Más que espuma, mujer, es el cemento
del brazo que comanda la fragata,
por el poder de Poseidón,
tu gran tormento.
martes, octubre 27, 2015
"En el cine" (Frank O'Hara)
Por el rabillo del ojo
suspira una lágrima de repugnancia,
es el punto de intersección un pie delante de mí,
yo lo llamo mi córnea, mi Musa.
Allá me lanzo— ¡a cualquier fatal floritura florida!
¿flor? ¿flor?
¡si ese rostro está floreciendo, los dedos del pie son de hojalata!
Bueno, pero hay un rostro allá, un desfiladero de polvo y jadeos,
puedo verlo, tengo que acariciarlo.
Le doy una de mis caricias marinas dado que es inferior, irritable.
Y el agua clara de mi cabeza se vierte sobre ese rostro.
Flores. Flores.
Solo porque el día es tan largo y blanco como un camello
verás mi cabeza inclinarse hacia este masajista
y cómo la sangre en mis pantalones cabalga hacia las estrellas
al par que reflexiono sobre el cuadro de plata.
Flores. Flores,
cada tarde a la una, ¿por qué no acarician el viento
que debido a la climatización alcanza mi butaca?
igual que las aguas bajo Times Square
se vierten a través de mis ojos sobre la gran pantalla.
Aquí estoy, pálido y dúctil como el santuario de un caballo.
¡Acomodadores! ¡acomodadores!
¿me buscan con sus ágiles linternas?
¿me envuelven como la corriente controlada de aire?
Parece haber un fantasma allá arriba,
cepillando sus alhajas y sus plumas.
Es un gran cirio emplumado que resplandece bajo la lluvia
de mi tenue mirada recuperadora,
la gran polla plumosa que me ensartó sobre la hierba.
Era un órgano que anunciaba un destino ya escrito.
Y mientras las plumas ondean en la corriente van deletreando *****
Pero no confío en mis ojos, no es más que un hábito fantasmático.
Compré una entrada para poder estar solo. Con las plumas.
Con los acomodadores.
Con mi propia polla,
y con mi muerte escrita en la neblina
fuera de este teatro donde recibo mi correspondencia.
¿Agallas? Las mías están llenas de agua, como el Río Jordán.
La presión de mi hastío es inspiradora y fresca,
puedo sentir sus manos familiares en mis nalgas.
Y dependemos de la pantalla para el acompañamiento,
sus espejos
su música
porque me he despojado de todo salvo una hoja
y ahora una mano oscura la levanta de mis muslos
(por el rabillo del ojo
suspira una lágrima de repugnancia).
No, nunca he estado en un campo de algodón de Carolina del Sur.
Mi cabeza se siente perdida entre tus labios púrpura.
Tus dientes relucen como la Aurora Boreal.
Los cerezos se sumergen en mis venas
y ni un solo leñador se ahoga en mi pecho gigante.
Este desconocido me colecciona como una historia de mar
y ahora formo parte de su jerga marina.
Las olas rompen en el teatro
y la llama se abre paso a través de los tormentosos estrechos de mis labios.
En mis manos una nube negra de suaves vientos
impulsa el avance del error de mi sangre y mi cuerpo,
como un poema escrito con la cara pintada de negro,
su flor se abre y presiono mi cara contra el espejo con forma de dalia
cuyos labios presionan los míos con la majestuosidad de un torrente,
¡está desbordándose la grieta de mi rostro rocoso
que arde con la angustia de una bestia de escayola!
Dicen que tengo los ojos de una jirafa
y los labios de una oropéndola,
es mi reputación de película—
así que tú has encontrado ahora mi espontaneidad germinal
y eres tú mi viaje a África.
Amo tus tormentas desnudas.
Te contemplo con la profunda consideración de un guionista.
El caballo sereno de tu olvido es un cráter
en el que lavo el orgullo de mi raza,
mientras salpicamos afuera la tarde
en el cine
y en las montañas.
Reflexiona un instante sobre la carne en la que estás atrapado:
Yo soy la blanca garza de tu oscuridad,
soy el fantasma de un jefe tribal muerto en combate
y llevo con orgullo la nariz rota de tus victorias.
Sufre mi córnea al adoptar un azul verbal,
porque eres el príncipe enfermo de mis innovaciones cereza,
y mi seriedad.
Te traigo espejos
y beso el alféizar de tu fuente de porcelana,
soñándome en medio de las plumas de flamenco de tu pene.
¡Atrapado por las llamas!
¡atrapado por los vientos!
¡mar de mi sexo y tu dominación roja!
(roja por mi corazón y por el viento de mis islas)
que envuelve a este insecto, a mí mismo,
y saluda a tus entrañas
en tanto aumentan los tenebrosos caballos
y yo palidezco con aspiraciones de mariposa.
¿Sientes los pelos que colman mi boca como penachos,
igual que colma el musgo la piedra con nostalgia que no hay manos capaces de apartar?
¿sientes tu espada incrustada en la roca legendaria?
el reposo de los ríos,
el origen de los guerreros,
guerreros de las estrellas que son mis suspiros
y mis suspiros son negros
porque mi sangre es negra con tu amor,
el amor que la jungla siente por sus estanques secretos.
Seguimos el camino de plata trazado entre las rocas
y con mi cabeza sobre tu pecho de chocolate
la pantalla es de nuevo un horizonte de sangre.
Las cortinas aletean a nuestro alrededor como cemento.
En tus ahogantes caricias habito el mar.
Estoy recubierto del oro fino de tu sudor
y tu pelo huele a yerbas
desde las que no deseo mirar.
Si de esta proyección nace el amor en la dorada colmena como un cisne,
yo te amo.
Iluminar el atardecer que es tuyo,
te suplico;
y la neblina de mi muerte ya habrá sido arrastrada por el viento,
pues mis fantasmas yacen tendidos en tu dentadura reluciente.
domingo, octubre 25, 2015
La Cofradía de la Bestia Parda
Ya está aquí la segunda aventura de los detectives Bueno, Rosas y el aprendiz
Santos. Esta vez la trama transcurre entre Granada y
Madrid. Por encuadrarla en algún género medianamente reconocible, diría
que se trata de una tragicomedia negra con toques románticos y
humanistas. Puedes descargar el archivo .pdf de forma completamente
gratuita en el siguiente enlace:
https://drive.google.com/file/d/0By4GME2LVBTQNWI3d0R6UUIxcVE/view
Y la edición impresa aquí:
http://www.lulu.com/shop/jos%C3%A9-luis-l%C3%B3pez-fern%C3%A1ndez/la-cofrad%C3%ADa-de-la-bestia-parda/paperback/product-22413607.html
https://drive.google.com/file/d/0By4GME2LVBTQNWI3d0R6UUIxcVE/view
Y la edición impresa aquí:
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jueves, octubre 08, 2015
Lo viejo y lo nuevo
Aquí, el enlace para descargar "La vida, la muerte y lo de en medio" si aún no la has leído.
Y, en breve, "La Cofradía de la Bestia Parda". Va la sinopsis:
Y, en breve, "La Cofradía de la Bestia Parda". Va la sinopsis:
Hipólito Bueno, un detective privado de provincias afincado en la cuarentena, y su joven aprendiz Miguel Santos, a punto de licenciarse en Criminología y Seguridad Pública, viajan a la capital para asistir al quinto Congreso Nacional de Detectives Privados. En el transcurso del vuelo conocen a Matilde, una misteriosa mujer que se presenta como miembro del aparato ejecutivo de la Cofradía de la Bestia Parda, una organización clandestina constituida por comandos de acción local cuyo ideario consiste en combatir la violencia callejera, la corrupción, el bandidaje y, en general, la problemática derivada del desempleo, el malestar social y la inseguridad ciudadana. Sin embargo, los Servicios de Inteligencia del Estado han conseguido infiltrar un agente en sus filas que anda pasando información valiosísima al Centro de Inteligencia contra el Crimen Organizado, lo que podría comprometer formidablemente los intereses de la banda. En este trance, Matilde aprovecha la coyuntura para contratar a los detectives con el fin de desenmascarar al topo y evitar que el peso de la justicia recaiga sobre la Cofradía. La misión, en apariencia no demasiado arriesgada, comienza a complicarse cuando, a su llegada a Madrid, los detectives son secuestrados por un matón al servicio de dudosos intereses.
lunes, julio 27, 2015
El Victimógrafo
Más peligroso que la linterna mágica, más letal que el Cinematógrafo. Pasen y lean
https://drive.google.com/file/d/0By4GME2LVBTQWVF2c0FVcmlKVzg/view
https://drive.google.com/file/d/0By4GME2LVBTQWVF2c0FVcmlKVzg/view
sábado, julio 18, 2015
Los científicos del cine
La revista Fotocinema acaba de publicarme este artículo en el que hablo de viajes a la Luna, zambullidas en Papúa, la Render Farm de Pixar, dioses y superhéroes, Hiroshima y Nagasaki, invasiones alienígenas, viajes en el tiempo y las posibilidades del cine como vehículo de divulgación. Ojalá os guste
http://www.revistafotocinema.com/index.php?journal=fotocinema&page=article&op=view&path%5B%5D=330
http://www.revistafotocinema.com/index.php?journal=fotocinema&page=article&op=view&path%5B%5D=330
domingo, junio 28, 2015
No pueden quedar cabos sueltos (sinfonía criminal en ocho movimientos)
Las exequias fueron todo lo austeras
que cabe esperar cuando se trata de honrar a título póstumo a un pelagatos sin
nombre ni oficio, a un pobre diablo que apenas tuvo en los últimos meses dónde hincar
la rodilla para caerse muerto. Nada de milagrosas pólizas de decesos que garantizan
al cliente un trayecto en primera clase hacia el paraíso, con sala de velatorio
rematada en mármoles de Carrara y servicio VIP de tanatoplastia incluidos; nada
tampoco de féretros temáticos y biodegradables, ni acaso de esos tanatorios cinco
estrellas que, de un tiempo a esta parte, proliferan por toda nuestra geografía
ofreciendo fabulosas coberturas integrales. No, nada de eso. Lo que allí se vio
solo transpiraba salitre, soledad y desamparo. Apenas un par de parientes lejanos
que lloraron sin amargura al difunto, de cuerpo presente en el apartamento que
tenía arrendado en una pequeña localidad de la costa andaluza; tres tipos que, aun
confesándose sus amigos, ni en poco se esforzaron por disimular que el principal
pesar de ellos tenía que ver, más que con cualquier otro sentimiento hacia el
finado, con la pérdida del cuarto “musquetero” —tal se nombraban entre ellos desde que a uno se le ocurrió pronunciarlo
y los demás le rieron desaforadamente el chascarrillo— en aquellas
tardes eternas de whisky de contrabando, farias de boda y órdagos a la grande; una
mujer de esas que llevan la tarifa escrita en la pechera, maquillada en demasía
y bien metida en carnes, que acudió al funeral para únicamente depositar un
libro destartalado a los pies del cadáver; un relicario barato de chapa de
aluminio que albergaría sus cenizas hasta que el padre Basilio se ocupase de arrojarlas
para siempre a lo más luminoso del mar Mediterráneo, cual dictaba su última
voluntad, acompañadas de una melancólica oración; y una corona funeraria de flores
blancas con una cinta celeste cruzada al bies sobre la que podía leerse, en chabacana
disposición de letras doradas, la siguiente leyenda: «No pueden quedar cabos sueltos».
*****
Jonás había deambulado durante los dos
últimos años por las cuatro estaciones expiatorias de la crisis económica, —esperpéntico vía crucis que no deja perder de
vista la escarpada cima del Calvario—, a razón de arrastrarse durante un
semestre por cada una de ellas en riguroso orden cronológico: la congoja
primero, luego el desaliento, el fantasma de la ansiedad después y, last but not least, el invencible ogro
de la desesperación. Dos años fue, en efecto, el tiempo máximo que logró Jonás estirar
los ahorros en aquel peregrinaje por el vientre de la ballena, luego de que su
nombre hubiese pasado a engrosar la nómina del último expediente de regulación de
empleo de Indacascajo Morterón, la empresa constructora para la que había prestado
sus servicios durante las últimas dos décadas. Altivo de más para reconocerse en
la fila de los menesterosos —quién
lo ha visto y quién lo ve, acomodado y manirroto ayer y hoy tan palmariamente apurado—
e ir tocando a puertas de buen repicar o aceptando limosnas de gente con
mejor suerte en la vida, fue el caso que nuestro héroe no encontrase otra
salida a sus cuitas económicas que atender la irrechazable oferta del Inglés.
*****
Igual que llegado el miércoles se volvían
inexcusables el partido de Champions
League (en temporada) y la mano de mus con los compadres, en la agenda de
Jonás cada jueves era día señalado para el refocilo entre los muslos de ‘Fatty’
Morgana hasta bien vaciar de simiente las verijas. Tal era la carnosidad y reciedumbre
de la llamada Morgana que no hubiera putañero en varios kilómetros a la redonda
que, preguntado por ella, no la refiriese la más apetecible prostituta de todo
el distrito portuario. Fue gracias a su natural perspicacia y a los impagables
contactos que entre el hampa tenía —pues
sintiese al cliente de más alicaído y en horas tan bajas después de haber
perdido el empleo, el subsidio y toda esperanza— como Jonás llegó a entablar relación con ese personaje
principal a quien apodaban El Inglés. A su imagen pública como propietario respetable
de un par de selectos clubes nocturnos en el malecón, El Inglés sumaba una aplicada
dedicación al proxenetismo, el narcotráfico, la trata de blancas, el estraperlo
y, como hasta las ratas bien sabían en las cloacas de los bajos fondos, a ejercer
como cerebro de una banda organizada con la que, detrás de cobrarse los
aplazamientos de antiguos empréstitos, lo mismo te amputaba un manojo de dedos
que te volaba la nuez a sangre fría, siempre el castigo en función de la cuantía
comprometida. A raíz de la generosa intercesión de Morgana y después de investigar
exhaustivamente al candidato, el capo consintió incorporar a Jonás a la plantilla
de secuaces que conformaban el tejido de su organización criminal, ocupando una
vacante que por defunción se había originado en la división de matones y sicarios.
Para bien o para mal, la suerte de Jonás estaba cantada. No había vuelta
posible al redil de la honorabilidad.
*****
Por más que los terapeutas aseguren que
el primer muerto es siempre el más difícil, a Jonás todos los encargos le
parecían igual de fastidiosos. Incluso siendo cierto, para descargo de su
maltrecha conciencia, que en el catálogo de ajusticiados hubiera un par de caudillos
de la impudicia que no mereciesen ver la luz de otro amanecer, no era tarea
fácil para él acostumbrarse al perfume ferruginoso de la primera sangre
derramada. A todo ello se unía el hecho de que la preparación del agente era
exclusiva para cada maniobra de ejecución: un estudio detallado de los usos y
costumbres del sujeto, seguimientos en días y márgenes horarios aleatorios, la
inspección exhaustiva de sus entornos familiar, social y laboral, así como un
análisis extremadamente cuidadoso del lugar elegido para perpetrar el atentado,
evaluando todos los factores que pudiesen impedir que este pareciera un
accidente. Lo que los asalariados del Inglés llevaban a cabo era, sin ir más
lejos, el trabajo de campo que se le presupone a un buen detective privado, con
el agravante de tener que plantar cara al perseguido en el último acto. Pasaron
algunos meses antes de que Jonás consiguiera habituarse a las rutinas del nuevo
empleo, demasiado estrictas para hacerlas comulgar con su temperamento pacífico.
Una semana después de haber dado boleto al quinto tipo, siguiendo siempre las
consignas revanchistas del Inglés, recibió orden de volver a comparecer en el Seas of the Moon donde sería puntualmente
informado de los detalles de su próxima misión. Lo que Jonás no podía imaginar
es que a partir de ese momento nada volvería a ser igual en la marejada de sus
días.
*****
Cuando penetró los dominios del Seas of the Moon, alrededor de una hora antes
de que el establecimiento abriese sus puertas al público, Jonás encontró a
Johnny colocando unas botellas de licor sobre la repisa. «Aquí está lo tuyo», dice el
barman deslizándole un elegante portafolio de mano sin mediar otro saludo. «No vuelvas
a olvidarte de quemar la documentación en cuanto la hayas memorizado. Buena
suerte». Para entendernos, no hace otra cosa que recordarle el protocolo de
rutina que rige cualquier negocio al margen de la ley con el fin de evitar
posibles complicaciones. Se despiden. A pesar del nutrido arsenal de
prevenciones que conforman el catálogo de estilo del Inglés, Jonás, de
naturaleza imprudente, se afinca en el mostrador de un mesón cercano al Club, a
la vista de parroquianos y advenedizos, y pide una cerveza. (He ahí el tipo de
detalles que dirigen el foco hacia la impericia del neófito). Allí mismo descubre
la cremallera del portafolio y extrae la ficha correspondiente al agraciado de
turno, que aparte de sus datos personales contiene (sistemáticamente) varias
fotografías recientes, un currículum vítae, un compendio de sus aficiones más
señaladas y hábitos más comunes, una lista con los nombres de las personas que integran
sus círculos más próximos y una recapitulación de los pecados cometidos, esta
última rematada por un dictamen del Inglés en el que se formula la sentencia
que debe aplicársele al desdichado. Jonás se envía el vaso de cerveza al coleto
mientras se dispone a ojear lo más relevante del dossier, pero ni siquiera es
capaz de ingerir el primer buche, que termina espurreado sobre sus pantalones
como un géiser de espuma de cebada. No quiere creer lo que sus pupilas ya han
visto. No puede. Nombre: Tobías Pérez Rebolledo. Y entonces sus ojos vuelan inmediatamente
hacia la fotografía que preside la esquina superior izquierda del documento, la
cual acaba por confirmar su presentimiento. No hay duda. Se trata de él. Tobías,
el amigo de la infancia. Sentencia: aplicar puñalada profunda en el bajo vientre.
Repetir la operación tantas veces como sea necesario. Observación 1: certificar
el desangramiento. Observación 2: previo a pinchar, exponer con voz alta y clara
al target: «El Inglés te envía sus
respetos. No deberías andar jugando con menores de edad, menos aún con la hija
del que decide quién vive y quién muere en esta ciudad. Una raja por otra».
*****
Él
sabe que no puede hacerlo. Hay códigos de lealtad que nunca deben quebrantarse,
eso Jonás lo tiene claro. Y luego están la moralidad, el sano juicio, los
principios y la mala conciencia. No habría sido capaz de sobreponerse a la fatalidad
de tener que ajusticiar a un amigo, por más que le obligase la deuda para con su
nuevo empleador. No hubiera podido soportarlo, de eso no le cabía duda alguna.
Estaba decidido: no lo haría bajo ningún concepto. Iría a dialogar con El
Inglés, quien a buen seguro entendería lo emocionalmente comprometido de su
situación y juntos buscarían un arreglo consensuado. Eso es lo que haría. Le expondría
su conflicto de intereses y le rogaría, en consecuencia, que le fuese permutado
el target con cualquier otro de sus
matones a sueldo. Al fin y al cabo, ¿qué importancia podía tener quién le diera
matarile a quién?
*****
Tal
era de esperar de un gran tipo como él, de un patrón de la bonhomía y humanista
de provecho, El Inglés se mostró muy comprensivo con el dilema que azoraba a Jonás.
«Descuida, muchacho», le había dicho en tono paternal, «en breve te asignaremos
un nuevo objetivo». No era liviana la carga que el preboste le quitaba de
encima con dicha dispensa, aun cuando el alivio derivado de ella no le
impidiera naufragar en la idea trágica de que Tobías ya estaba sentenciado a
morir, cualquiera que fuese la decisión que él tomara. Viendo que nada había que
pudiese hacer para salvar la vida de este —o al menos así debió entenderlo
Jonás desde su experiencia con el entresijo de la banda—, se limitó a esperar. Nunca
habría imaginado que Tobías, un padre de familia triunfante y bien relacionado,
pudiera verse mezclado en los turbios asuntos del Inglés. Este infeliz cruce de
caminos mantenía a Jonás instalado en el baricentro que la incertidumbre, la
estupefacción y el abatimiento acotaban. En alguna medida le consolaba pensar
que la postura que había abrazado era la única que le permitía mantenerse fiel
a ambos bandos, apostando tanto por no morder la mano que le tendía el alpiste
como por no traicionar la lealtad que se le debe a un camarada. Cierto es que de
primeras sintió el impulso de ir con el cuento a Tobías para prevenirlo del
desenlace fatal que parecía aguardarle, pero una fuerza de inercia de la misma intensidad
y sentido contrario le obligaba a mantenerse fiel a la causa de su pagador. Transcurrieron
así cinco días antes de que Jonás volviese a tener noticia de la organización,
lo que sitúa de un plumazo el relato de los acontecimientos en la fecha del pasado
jueves, su día semanal consagrado al buen hacer de la cotorrera. El episodio final
de esta peripecia fue de la siguiente guisa: como de costumbre, Jonás abandona
su apartamento al filo de la anochecida y se dirige con paso tranquilo pero
decidido a las catacumbas del Club Papillón, esos cuartuchos infectos que él
tan bien conoce y donde una vez por semana Morgana le desvela destrezas genitales
que aún no hay enciclopedia de anatomía que se haya atrevido siquiera a
bosquejar. Esta vez Jonás se acuerda, al fin, de llevarle un viejo ejemplar de “La
Celestina” que le tenía prometido tiempo atrás, desde que ella cumpliera la
función de alcahueta intercediendo por él ante El Inglés. El trayecto,
ligeramente en descenso hacia la línea de costa, hace un recodo en el último
tramo para embocar la tenebrosa costanilla en que se ubica la entrada al Club. Cuando
llega a su destino no ve a nadie en los alrededores. Los pescadores duermen. Apenas
pueden intuirse un par de luces encendidas en las dependencias del primer piso
y un paisaje con mar al fondo espejeando brillos de luna. La calma chicha es invasiva.
Pasan tan solo unos segundos hasta que el silencio que lo envuelve todo es súbitamente
perturbado por el discurrir de unos pasos que se dirigen velozmente hacia el
lugar exacto en que él se encuentra. Al girarse sobre sus talones, Jonás identifica
inmediatamente la figura de Tobías apuntándole con una pistola “de la casa” al
entrecejo. Sin preámbulo alguno ni saludos ni hostias santas, el amigo comienza
a verter su retahíla con singular aplomo: «El Inglés te envía sus respetos. Ya
no eres persona grata a la organización. De nada nos sirven los blandos. No
pueden quedar cabos sueltos». Y, sin darle opción a la réplica, presiona el
gatillo con fabulosa entereza. Se trata siempre de matar o morir: imposible
concebir una alternativa intermedia para salvaguardar el pellejo.
*****
Aún
resonaba en el aire el eco de la detonación cuando otra onda acústica vino a
interponerse agitando a su paso las moléculas de pólvora quemada: «El Inglés te
envía sus respetos. No deberías andar jugando con menores de edad, menos aún
con la hija del que decide quién vive y quién muere en esta ciudad. Una raja
por otra». Y de entre las sombras, como un fantasma que aguardase el momento oportuno
para manifestarse, emerge una mano justiciera que le apuñala el bajo vientre sin
contemplaciones.
martes, junio 23, 2015
Kafka, la niña y la muñeca (según Paul Auster)
Todas las tardes, Kafka sale a dar un paseo por el parque. La mayoría de las veces, Dora lo acompaña. Un día, se encuentra con una niña pequeña que está llorando a lágrima viva. Kafka le pregunta qué le ocurre, y ella le contesta que ha perdido su muñeca. Él se pone inmediatamente a inventar un cuento para explicarle lo que ha pasado. "Tu muñeca ha salido de viaje", le dice. "¿Y tú cómo lo sabes?", le pregunta la niña. "Porque me ha escrito una carta", responde Kafka. La niña parece recelosa. "¿Tienes ahí la carta?", pregunta ella. "No, lo siento", dice él, "me la he dejado en casa sin darme cuenta, pero mañana te la traigo". Es tan persuasivo, que la niña ya no sabe qué pensar. ¿Es posible que ese hombre misterioso esté diciendo la verdad?
Kafka vuelve inmediatamente a casa para escribir la carta. Se sienta frente al escritorio y Dora, que ve cómo se concentra en la tarea, observa la misma gravedad y tensión que cuando compone su propia obra. No es cuestión de defraudar a la niña. La situación requiere un verdadero trabajo literario, y está resuelto a hacerlo como es debido. Si se le ocurre una mentira bonita y convincente, podrá sustituir la muñeca perdida por una realidad diferente; falsa, quizá, pero verdadera en cierto modo y verosímil según las leyes de la ficción.
Al día siguiente, Kafka vuelve apresuradamente al parque con la carta. La niña lo está esperando, y como todavía no sabe leer, él se la lee en voz alta. La muñeca lo lamenta mucho, pero está harta de vivir con la misma gente todo el tiempo. Necesita salir y ver mundo, hacer nuevos amigos. No es que no quiera a la niña, pero le hace falta un cambio de aires, y por tanto deben separarse durante una temporada. La muñeca promete entonces a la niña que le escribirá todos los días y la mantendrá al corriente de todas sus actividades.
Ahí es donde la historia empieza a llegarme al alma. Ya es increíble que Kafka se tomara la molestia de escribir aquella primera carta, pero ahora se compromete a escribir una cada día, única y exclusivamente para consolar a la niña, que resulta ser una completa desconocida para él, una criatura que se encuentra casualmente una tarde en el parque. ¿Qué clase de persona hace una cosa así? Y cumple su compromiso durante tres semanas, Nathan. Tres semanas. Uno de los escritores más geniales que han existido jamás sacrificando su tiempo (su precioso tiempo que va menguando cada vez más) para redactar cartas imaginarias de una muñeca perdida. Dora dice que escribía cada frase prestando una tremenda atención al detalle, que la prosa era amena, precisa y absorbente. En otras palabras, era su estilo característico, y a lo largo de tres semanas Kafka fue diariamente al parque a leer otra carta a la niña. La muñeca crece, va al colegio, conoce a otra gente. Sigue dando a la niña garantías de su afecto, pero apunta a determinadas complicaciones que han surgido en su vida y hacen imposible su vuelta a casa. Poco a poco, Kafka va preparando a la niña para el momento en que la muñeca desaparezca de su vida por siempre jamás. Procura encontrar un final satisfactorio, pues teme que, si no lo consigue, el hechizo se rompa. Tras explorar diversas posibilidades, finalmente se decide a casar a la muñeca. Describe al joven del que se enamora, la fiesta de pedida, la boda en el campo, incluso la casa donde la muñeca vive ahora con su marido. Y entonces, en la última línea, la muñeca se despide de su antigua y querida amiga.
Para entonces, claro está, la niña ya no echa de menos a la muñeca. Kafka le ha dado otra cosa a cambio, y cuando concluyen esas tres semanas, las cartas la han aliviado de su desgracia. La niña tiene la historia, y cuando una persona es lo bastante afortunada para vivir dentro de una historia, para habitar un mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen. Mientras la historia sigue su curso, la realidad deja de existir.
(Fragmento de "Brooklyn Follies", de Paul Auster, en la traducción de Benito Gómez Ibáñez)
Kafka vuelve inmediatamente a casa para escribir la carta. Se sienta frente al escritorio y Dora, que ve cómo se concentra en la tarea, observa la misma gravedad y tensión que cuando compone su propia obra. No es cuestión de defraudar a la niña. La situación requiere un verdadero trabajo literario, y está resuelto a hacerlo como es debido. Si se le ocurre una mentira bonita y convincente, podrá sustituir la muñeca perdida por una realidad diferente; falsa, quizá, pero verdadera en cierto modo y verosímil según las leyes de la ficción.
Al día siguiente, Kafka vuelve apresuradamente al parque con la carta. La niña lo está esperando, y como todavía no sabe leer, él se la lee en voz alta. La muñeca lo lamenta mucho, pero está harta de vivir con la misma gente todo el tiempo. Necesita salir y ver mundo, hacer nuevos amigos. No es que no quiera a la niña, pero le hace falta un cambio de aires, y por tanto deben separarse durante una temporada. La muñeca promete entonces a la niña que le escribirá todos los días y la mantendrá al corriente de todas sus actividades.
Ahí es donde la historia empieza a llegarme al alma. Ya es increíble que Kafka se tomara la molestia de escribir aquella primera carta, pero ahora se compromete a escribir una cada día, única y exclusivamente para consolar a la niña, que resulta ser una completa desconocida para él, una criatura que se encuentra casualmente una tarde en el parque. ¿Qué clase de persona hace una cosa así? Y cumple su compromiso durante tres semanas, Nathan. Tres semanas. Uno de los escritores más geniales que han existido jamás sacrificando su tiempo (su precioso tiempo que va menguando cada vez más) para redactar cartas imaginarias de una muñeca perdida. Dora dice que escribía cada frase prestando una tremenda atención al detalle, que la prosa era amena, precisa y absorbente. En otras palabras, era su estilo característico, y a lo largo de tres semanas Kafka fue diariamente al parque a leer otra carta a la niña. La muñeca crece, va al colegio, conoce a otra gente. Sigue dando a la niña garantías de su afecto, pero apunta a determinadas complicaciones que han surgido en su vida y hacen imposible su vuelta a casa. Poco a poco, Kafka va preparando a la niña para el momento en que la muñeca desaparezca de su vida por siempre jamás. Procura encontrar un final satisfactorio, pues teme que, si no lo consigue, el hechizo se rompa. Tras explorar diversas posibilidades, finalmente se decide a casar a la muñeca. Describe al joven del que se enamora, la fiesta de pedida, la boda en el campo, incluso la casa donde la muñeca vive ahora con su marido. Y entonces, en la última línea, la muñeca se despide de su antigua y querida amiga.
Para entonces, claro está, la niña ya no echa de menos a la muñeca. Kafka le ha dado otra cosa a cambio, y cuando concluyen esas tres semanas, las cartas la han aliviado de su desgracia. La niña tiene la historia, y cuando una persona es lo bastante afortunada para vivir dentro de una historia, para habitar un mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen. Mientras la historia sigue su curso, la realidad deja de existir.
(Fragmento de "Brooklyn Follies", de Paul Auster, en la traducción de Benito Gómez Ibáñez)
domingo, mayo 31, 2015
Pares opuestos (un relato criminal)
A menudo nos invade una extraña sensación de agotamiento. Nos oprime el peso de un esfuerzo extra, como si a la actividad rutinaria del individuo común hubiésemos de añadir la obligación de permanecer alerta ante cualquier situación de riesgo. El apremio de mantenernos vigilantes en los periodos de acentuación de los episodios críticos. Desde que conocemos la fuente de la patología procuramos controlar la parcela de influencia de cada uno de los temperamentos con absoluto rigor. Vigilarnos el uno al otro se ha convertido en una necesidad y a la vez una carga tan extenuante como eviscerar a la bestia en el matadero. Sabemos de lo que hablamos: nuestro oficio es el del jifero. Así fue que entablásemos contacto con las hemorragias masivas y los descuartizamientos. Y nos gustó. O, por mejor decir, a uno de nosotros le gustó. El otro es más austero y apacible. Más poeta. Sucede empero que, a bien o mal nuestro, somos tan indestructibles como lo era el átomo antes de que la ciencia de Lise Meitner irrumpiera en su férrea estructura. En este momento nos encontramos reunidos con Miranda Lessing, una prestigiosa abogada penalista, quizá la más audaz de las tres que comparten el bufete de Quintanilla. Hace mucho calor. Suda. Superada la disciplina protocolaria de los saludos, es ella quien rompe el hielo: “estoy preparada, señor Dávalos”. Pausa. “Cuéntemelo todo desde el principio”. Desde el principio, dice la hermosa Dicea despechugándose un poco más con cada ligero ademán. En el principio era el Verbo. O el Caos Ecuménico. Acaso la Nada. El principio era como un atascadero de estrellas hirvientes al borde del Gran Estallido. (¿Continuamos?). Sin embargo, respondemos no más que con un sucinto “poco hay que contar”. Incluso sumados somos de pocas palabras. “¿Cómo dice?” –la letrada da síntomas de no aprobar lo que escucha. “Estoy aquí para ayudarle, señor Dávalos, ¿recuerda? Y para eso necesito saber”. Pausa. “Saberlo todo”, añade enfáticamente. Ella quiere saberlo todo… Nosotros una vez creímos saber quiénes éramos cada uno, quién el yin y quién el yang, quién el pasado y el futuro. Reparto de roles. Pares opuestos. Identificación de contrarios. Y creímos también saber, después que el médico forense pasase por alto el diagnóstico de trastorno afectivo bipolar, que éramos invencibles en nuestra terca y solidaria indisolubilidad. Apenas eso sabemos y contar hasta diez, el Número Perfecto. (¿Continuamos?). “Le aseguramos que nada hay de interés que podamos aportarle”, insistimos. “Todo empeño es inútil”. Ella nos enfila sosteniendo una apreciable sombra de perplejidad en su mirada, se rebulle en el sillón y vuelve a la carga con entereza: “con esa actitud no se salva, señor Dávalos”. Pausa. “Si lo que quiere es que yo le defienda ante un tribunal con alguna garantía de éxito, debe explicarme con la mayor profusión posible de detalles cuál es el origen de la acusación”. Al fin la epifanía del plato fuerte: la acusación. Antes de acusarme contémplate a ti mismo, entonaba Bo Diddley con empaque de bluesman sureño. ¿Y quién acusa a los acusadores? ¿Quién a los acusadores de los acusadores? El crimen campa a sus anchas diariamente por salones, oficinas y gabinetes de distinto rango y menester. No son raras las ocasiones en las que quien más se envanece de ser fiel cumplidor de la ley, aquel que más se engalla por tener un certificado intachable de penales, ese espécimen indigno que de tan pulcro como se exhibe asegura enjuagarse los empastes con Don Limpio, acapara más peligro en cada firma que una bala perdida en un local nocturno de Ciudad Juárez. Hiede el dedo acusador que blande con arrogancia el fariseo. (¿Continuamos?). Entonces terciamos: “nuestra suerte está echada. Hemos sido señalados, perseguidos y juzgados anticipadamente. No hay salida. Se valen unos y otros de la vertiente cabal del superyó para acusarnos, al tiempo que su yo animal torpedea sin pudor la línea de flotación de cualquier código ético”. Nuestra dulce Dicea tarda en reaccionar. Vuelve a agitarse en el asiento perceptiblemente más azorada. Sus ojos rebosan de pupilas. No ha conseguido encajar esa ambigua persona del plural que le habla en las estrechas repisas de su cerebro, ni otorgándole siquiera el beneficio de la duda mayestática. Tal vez se piense incluida en nuestras cavilaciones. Con el último balanceo se le han arracimado los pechos mansamente. Más calor. Juntas las manos, apoya los antebrazos sobre la mesa y dispara: “no debería tomarse esto tan socráticamente, amigo”. Pausa. Se ha calado uno de esos cigarros a vapor entre los labios. “A la luz del informe forense no hay atenuantes posibles en la causa. Y, por si lo ha olvidado, estamos hablando de nueve imputaciones por homicidio doloso”. Pausa. “¡Nueve!”. Más sudor. No recuerdo haberlo dicho anteriormente: detestamos a los abogados. Tanta verborrea altísona, tanto tecnicismo insolente. Pero en descargo de la señora Lessing debo decir que es como un torrente incontenible de energía vital. Una radiante supernova. Luz abrasadora. Indagando en varios tratados de física habíamos llegado a la conclusión de que la energía viva del Planeta está obligada a conservarse globalmente. La que se pierde allá se recupera acá. Andando el tiempo pudimos constatar, en ese laboratorio privado en que habíamos convertido el matadero, cómo la energía que libera la carne extinta es trasvasada íntegramente al karma del verdugo. ¡Eureka! Un volcán de vitalidad. Como engullir un suculento filete, pero en un estadio anterior de reciedumbre y pureza. Trasladar este Principio de Equidad Universal a la especie humana fue el súmmum. Kilojulios de energía tanática emigrando del fiambre del prójimo a cada uno de nosotros como un géiser de potencia desbordante. Inspiración profunda, náusea y eructo para que asiente bien el tránsito de la química molecular. “Anote diez”, refuta uno de nosotros comprimiendo el cuello terso y blanquecino de ella con la diestra, en tanto el otro emplea la mano del diablo para redactar este panegírico a la ciencia funérea, esta crónica del triunfo definitivo de la Ley Telúrica que obra ahora en poder de usted. (¿Continuamos?).
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lunes, abril 06, 2015
Mrs. Bathurst
El 28 de diciembre de 1895 los Lumière organizaron la primera exhibición pública de cine previo pago en el Salon Indien del Grand Café de París. Es por ello que muchas fuentes consideran esta fecha como la del nacimiento del cine: la gloriosa fecha en que la ciencia se hizo cine y habitó entre nosotros. Nueve años más tarde, en septiembre de 1904, aparece publicado "Mrs. Bathurst" en el Windsor Magazine (en Inglaterra) y el Metropolitan Magazine (EEUU), el relato de Rudyard Kipling que es universalmente reconocido como el primer texto literario en incorporar el cine a su argumento. Es cierto que ya en 1896 Maximo Gorki consagra dos artículos periodísticos al nuevo invento y que hubo otros relatos anteriores a este que ya hacían mención expresa al Cinematógrafo, como 'Our Detective Story' (George R. Sims), 'The Awful Story of Heley Croft' (A. S. Appelbee) o 'Colonel Rankin's Advertisement' (Raymond Rayne). Sin embargo, estos últimos apenas trascendieron las fronteras del ámbito de la revista y del país en que fueron originalmente publicados. Hasta donde me ha sido dado conocer no me consta que exista traducción alguna de "Mrs. Bathurst" al castellano, por lo que esta que se enlaza a continuación pudiera ser la primera hasta la fecha. Espero puedas disfrutar de ella y de ese hálito mágico, emocional y fantasmagórico que Kipling atribuye al Biógrafo o Cinematógrafo, ese "nuevo número de naturaleza científica" que trae el Circo Phyllis y que inopinadamente viene a acentuar algunas viejas pasiones. ¡Feliz lectura!
https://drive.google.com/file/d/0By4GME2LVBTQQlg2R0xPMkJHOG8/view?usp=sharing
https://drive.google.com/file/d/0By4GME2LVBTQQlg2R0xPMkJHOG8/view?usp=sharing
lunes, diciembre 22, 2014
Magia a la luz de la luna
La magia está íntimamente emparentada con los orígenes del cine. Allá por 1896, cuando quiso comprar la patente del cinematógrafo a los Lumière, George Méliès dirigía el teatro de ilusionismo Robert Houdin de París. George Méliès fue el primer mago, el primer cineasta, el primero que convocó la fantasía [...] Méliès estaba preparado para su futuro al haber sido mago de salón, ilusionista y ventrílocuo, adelantándose a los actores que hablarían con una voz desplazada, afirmaba Guillermo Cabrera Infante en su disyuntivo Cine o sardina. No es la de Allen la primera película, ni será la última, que coloque el foco argumental sobre las tablas de la magia o de la adivinación como pretexto; sin embargo, con su Magia a la luz de la luna el director neoyorquino se aventura, haciendo filigranas en el aire, a dar ese paso de más que separa el mero homenaje del más ciego amor, en este caso por el cine y lo que este representa para él.
La acción del filme se sitúa en el último tramo de los locos años 20. Es la época de las primeras obras maestras que el cine nos brinda: el Amanecer de Murnau, El acorazado Potemkin de Eisenstein, El maquinista de la General de Keaton o La quimera del oro de Chaplin. Es también el tiempo en que arrancan las filmografías de Alfred Hitchcock (Easy virtue, El enemigo de las rubias, La muchacha de Londres...) y de Leo McCarey, responsable de la dirección de los mejores cortos de Laurel y Hardy, y un poco más tarde de Sopa de ganso, posiblemente la mejor película de los Hermanos Marx.
Apunto todo lo anterior porque lo que yo veo mientras veo Magia a la luz de la luna es el resultado de una milimétrica deconstrucción de dos grandes éxitos del Hollywood clásico pasados por el inconfundible tamiz idiosincrásico de Woody Allen, convenientemente agitados y mezclados en las proporciones precisas.
[Lo que sigue desvela contenidos fundamentales de la película, de modo que si no la has visto aún y tienes intención de hacerlo, quizá debieses abandonar en este punto la lectura de esta crónica]
Los paisajes recurrentes de la Costa Azul y los bailes de salón en los que el vals deviene frenético hot jazz, me transportan inmediatamente a esa comedia romántica (como la que nos trae) que protagonizan Cary Grant e Ingrid Bergman en Atrapa a un ladrón. Y, ¿acaso no es esta también la historia de la redención que el protagonista experimenta a través del amor, cuando es objeto de la trampa que la pequeña Danielle le tiende para hacer notar al mundo que puede ser tan grande como él en el arte del desvalijamiento? Curiosamente, un antagonismo bastante similar entre dos magos sirve para construir el leitmotiv de la película de Allen.
Pero si hay un referente que, como uno de esos ectoplasmas a los que artísticamente invoca Emma Stone, planea por mis entendederas a lo largo de casi todo el metraje, ese es Tú y yo, una obra maestra absoluta (prefiero la segunda versión, de nuevo con Cary Grant a la cabeza) y, en mi opinión, una de las mejores películas de la Historia del Cine -y no solo por contener el beso más sobresaliente jamás filmado-. Veamos: cuando Deborah Kerr y Cary Grant (o Irene Dunne y Charles Boyer, para quienes prefieran el filme de 1939) se conocen a borde de un lujoso transatlántico, ambos están comprometidos con personas acomodadizas y pudientes, lo cual no constituye un óbice para que acaben enamorándose (tal sucede con Colin Firth y Emma Stone en nuestro caso, ¿no es cierto?). De regreso a sus trajines cotidianos, a sus vidas ordinarias, como quien despierta cualquier mañana de un sueño feliz, disponen de seis meses (según ellos mismos acuerdan) para replantearse el rumbo de sus pasos y decidir si desean volver a verse en la última planta del Empire State Building (el lugar más cercano al cielo, quiero recordar que comentan en algún punto de la película, trasladado ahora por Woody Allen al mismísimo cielo, el cielo cristiano habitado por los espíritus con los que la médium se maneja), símbolo último de que habrían abandonado a sus respectivas parejas y apostado por una vida en común (¿acaso no es esa, también, la misión salvífica del observatorio astronómico en la película de Allen?). No obstante, un desafortunado accidente (Deborah Kerr es atropellada) impide a los amantes reencontrarse (¿no es el accidente de tráfico que sufre la tía Vanessa lo que acaba por impedir, a raíz de un cambio radical en la óptica del protagonista, que la pareja se entregue al amor sin más demora?). Aun así el amor acabará triunfando, como no podía ser de otra manera, pero lo hará ante la presencia de un testigo muy especial. Uno de los fragmentos más emotivos del filme de McCarey transcurre en Villafranche-sur-mer, en la Côte d'Azur francesa, donde reside la abuela de Cary Grant (portentosa Cathleen Nesbitt) a la que van a visitar durante una escala del crucero, y quien ejerce a la vez de catalizadora y testigo de una historia de pasión entre ambos que está a punto de florecer (¿en qué difiere esto de la secuencia final de la película de Allen, cambiando el chal de la abuela como elemento dramático por esos simpáticos toques del más allá, entre los que Woody se mueve como pez en el agua: uno SÍ y dos NO?)
La acción del filme se sitúa en el último tramo de los locos años 20. Es la época de las primeras obras maestras que el cine nos brinda: el Amanecer de Murnau, El acorazado Potemkin de Eisenstein, El maquinista de la General de Keaton o La quimera del oro de Chaplin. Es también el tiempo en que arrancan las filmografías de Alfred Hitchcock (Easy virtue, El enemigo de las rubias, La muchacha de Londres...) y de Leo McCarey, responsable de la dirección de los mejores cortos de Laurel y Hardy, y un poco más tarde de Sopa de ganso, posiblemente la mejor película de los Hermanos Marx.
Apunto todo lo anterior porque lo que yo veo mientras veo Magia a la luz de la luna es el resultado de una milimétrica deconstrucción de dos grandes éxitos del Hollywood clásico pasados por el inconfundible tamiz idiosincrásico de Woody Allen, convenientemente agitados y mezclados en las proporciones precisas.
[Lo que sigue desvela contenidos fundamentales de la película, de modo que si no la has visto aún y tienes intención de hacerlo, quizá debieses abandonar en este punto la lectura de esta crónica]
Los paisajes recurrentes de la Costa Azul y los bailes de salón en los que el vals deviene frenético hot jazz, me transportan inmediatamente a esa comedia romántica (como la que nos trae) que protagonizan Cary Grant e Ingrid Bergman en Atrapa a un ladrón. Y, ¿acaso no es esta también la historia de la redención que el protagonista experimenta a través del amor, cuando es objeto de la trampa que la pequeña Danielle le tiende para hacer notar al mundo que puede ser tan grande como él en el arte del desvalijamiento? Curiosamente, un antagonismo bastante similar entre dos magos sirve para construir el leitmotiv de la película de Allen.
Pero si hay un referente que, como uno de esos ectoplasmas a los que artísticamente invoca Emma Stone, planea por mis entendederas a lo largo de casi todo el metraje, ese es Tú y yo, una obra maestra absoluta (prefiero la segunda versión, de nuevo con Cary Grant a la cabeza) y, en mi opinión, una de las mejores películas de la Historia del Cine -y no solo por contener el beso más sobresaliente jamás filmado-. Veamos: cuando Deborah Kerr y Cary Grant (o Irene Dunne y Charles Boyer, para quienes prefieran el filme de 1939) se conocen a borde de un lujoso transatlántico, ambos están comprometidos con personas acomodadizas y pudientes, lo cual no constituye un óbice para que acaben enamorándose (tal sucede con Colin Firth y Emma Stone en nuestro caso, ¿no es cierto?). De regreso a sus trajines cotidianos, a sus vidas ordinarias, como quien despierta cualquier mañana de un sueño feliz, disponen de seis meses (según ellos mismos acuerdan) para replantearse el rumbo de sus pasos y decidir si desean volver a verse en la última planta del Empire State Building (el lugar más cercano al cielo, quiero recordar que comentan en algún punto de la película, trasladado ahora por Woody Allen al mismísimo cielo, el cielo cristiano habitado por los espíritus con los que la médium se maneja), símbolo último de que habrían abandonado a sus respectivas parejas y apostado por una vida en común (¿acaso no es esa, también, la misión salvífica del observatorio astronómico en la película de Allen?). No obstante, un desafortunado accidente (Deborah Kerr es atropellada) impide a los amantes reencontrarse (¿no es el accidente de tráfico que sufre la tía Vanessa lo que acaba por impedir, a raíz de un cambio radical en la óptica del protagonista, que la pareja se entregue al amor sin más demora?). Aun así el amor acabará triunfando, como no podía ser de otra manera, pero lo hará ante la presencia de un testigo muy especial. Uno de los fragmentos más emotivos del filme de McCarey transcurre en Villafranche-sur-mer, en la Côte d'Azur francesa, donde reside la abuela de Cary Grant (portentosa Cathleen Nesbitt) a la que van a visitar durante una escala del crucero, y quien ejerce a la vez de catalizadora y testigo de una historia de pasión entre ambos que está a punto de florecer (¿en qué difiere esto de la secuencia final de la película de Allen, cambiando el chal de la abuela como elemento dramático por esos simpáticos toques del más allá, entre los que Woody se mueve como pez en el agua: uno SÍ y dos NO?)
jueves, diciembre 18, 2014
Ande la marimorena
I
Ya anuncian las panderetas
con sinfonía gozosa
la venida luminosa
del Niño Pablo, el Coletas.
Tres magos anacoretas
lo bautizan "Malacosa"
con extracto de lactosa
de cura huelebraguetas.
El yerno del soberano,
la LOMCE, la ley mordaza,
Catalonia è sempre Mas,
no te extrañe si a desmano
las campanas de la plaza
repican por Nicolás.
II
Un villancico hay que suena
extramuros de Cantora:
"Abajaba la pastora
por el monte hasta la trena".
Ande la marimorena,
rin rin, nos purgue la aurora,
que GastroBankia elabora
chorizos para la cena.
Y entre todo este barullo
de engañifas, tropelías
y capos entre barrotes,
la Nochevieja en el trullo
promete más alegrías
que en la tele la Pechotes.
Ya anuncian las panderetas
con sinfonía gozosa
la venida luminosa
del Niño Pablo, el Coletas.
Tres magos anacoretas
lo bautizan "Malacosa"
con extracto de lactosa
de cura huelebraguetas.
El yerno del soberano,
la LOMCE, la ley mordaza,
Catalonia è sempre Mas,
no te extrañe si a desmano
las campanas de la plaza
repican por Nicolás.
II
Un villancico hay que suena
extramuros de Cantora:
"Abajaba la pastora
por el monte hasta la trena".
Ande la marimorena,
rin rin, nos purgue la aurora,
que GastroBankia elabora
chorizos para la cena.
Y entre todo este barullo
de engañifas, tropelías
y capos entre barrotes,
la Nochevieja en el trullo
promete más alegrías
que en la tele la Pechotes.
domingo, diciembre 07, 2014
Más allá del horizonte
Más allá del horizonte, donde el sol tiene guarida,
al final del arco iris he despertado a la vida.
En largos atardeceres de desgobierno estelar,
más allá del horizonte no es una utopía amar.
El deseo me espolea,
no sé qué hacer, no hay consuelo,
contra el viento y la marea
me empadronaré en tu cielo.
Más allá del horizonte, en otoño o primavera,
el amor eternamente nos espera.
Más allá del horizonte, los confines rebasados,
al llegar la medianoche ya estaremos compinchados.
Corre el agua por el valle presumiendo de frescor,
más allá del horizonte alguien reza en tu favor.
Mi pobre corazón está palpitando
porque sintió de un ángel el beso,
mis recuerdos se van inundando
de mortal embeleso.
Más allá del horizonte, cuando el juego se termina,
cada paso que tú das mi trasunto lo camina.
Más allá del horizonte, los vientos nocturnos a compás
entonan una melodía de muchas lunas atrás
y las campanas de Santa María repican melosas,
más allá del horizonte te descubrí entre las cosas.
Todo es oscuro y sombrío,
he estado suplicando en vano,
estoy herido y vacío,
arrepentirse es humano.
Más allá del horizonte, donde ese mar traicionero,
se olvidó tu amor de iluminarme el sendero.
Más allá del horizonte, bajo cielos color grana,
no me canso de mirarte a la luz de la mañana.
Surcan mis ojos templos, reinos y países sin fin,
más allá del horizonte, del uno al otro confín.
En el momento decisivo
siempre hay alguien que te cuida,
siempre queda un buen motivo
para indultar una vida.
Más allá del horizonte el cielo es tan azulado...
Yo tengo más de una vida para vivirla a tu lado.
https://rutube.ru/video/051b32d5cfe08aff2d9831389a973adf/
al final del arco iris he despertado a la vida.
En largos atardeceres de desgobierno estelar,
más allá del horizonte no es una utopía amar.
El deseo me espolea,
no sé qué hacer, no hay consuelo,
contra el viento y la marea
me empadronaré en tu cielo.
Más allá del horizonte, en otoño o primavera,
el amor eternamente nos espera.
Más allá del horizonte, los confines rebasados,
al llegar la medianoche ya estaremos compinchados.
Corre el agua por el valle presumiendo de frescor,
más allá del horizonte alguien reza en tu favor.
Mi pobre corazón está palpitando
porque sintió de un ángel el beso,
mis recuerdos se van inundando
de mortal embeleso.
Más allá del horizonte, cuando el juego se termina,
cada paso que tú das mi trasunto lo camina.
Más allá del horizonte, los vientos nocturnos a compás
entonan una melodía de muchas lunas atrás
y las campanas de Santa María repican melosas,
más allá del horizonte te descubrí entre las cosas.
Todo es oscuro y sombrío,
he estado suplicando en vano,
estoy herido y vacío,
arrepentirse es humano.
Más allá del horizonte, donde ese mar traicionero,
se olvidó tu amor de iluminarme el sendero.
Más allá del horizonte, bajo cielos color grana,
no me canso de mirarte a la luz de la mañana.
Surcan mis ojos templos, reinos y países sin fin,
más allá del horizonte, del uno al otro confín.
En el momento decisivo
siempre hay alguien que te cuida,
siempre queda un buen motivo
para indultar una vida.
Más allá del horizonte el cielo es tan azulado...
Yo tengo más de una vida para vivirla a tu lado.
https://rutube.ru/video/051b32d5cfe08aff2d9831389a973adf/
miércoles, octubre 22, 2014
Imagina
I
Que disparasen flores los fusiles,
que hablasen los profetas de esperanza,
que en el grávido holgar de la balanza
pesasen más los cientos que los miles.
Que fuesen, mes a mes, todos abriles
y todos los hidalgos Sancho Panza,
que no hubiera tormenta sin bonanza
ni oscuridad exenta de candiles.
Un nimbo que lloviese gasolina,
un virus portador de vida zen,
un modo de escapar de esta sentina,
un relaxin' tequila en el Edén
y un diablillo que sueña que imagina
que vienes cada vez que digo ven.
II
Un faro que alumbrase el farallón
de causas aún pendientes de fortuna,
tomar la cara oculta de la Luna
rindiendo el espinazo del Dragón.
Dios y Diablo (¿quién gato, quién ratón?)
jugándose el honor a las veinitiuna,
una píldora azul contra la hambruna
y un Dow's Vintage para el corazón.
Que cotizase al alza la aventura,
que hubiese caja B para el amor,
que desgravase el genio y la figura,
que cada parlamento atronador
(y cada affaire de la razón impura)
sonase a fantasía en do menor.
Que disparasen flores los fusiles,
que hablasen los profetas de esperanza,
que en el grávido holgar de la balanza
pesasen más los cientos que los miles.
Que fuesen, mes a mes, todos abriles
y todos los hidalgos Sancho Panza,
que no hubiera tormenta sin bonanza
ni oscuridad exenta de candiles.
Un nimbo que lloviese gasolina,
un virus portador de vida zen,
un modo de escapar de esta sentina,
un relaxin' tequila en el Edén
y un diablillo que sueña que imagina
que vienes cada vez que digo ven.
II
Un faro que alumbrase el farallón
de causas aún pendientes de fortuna,
tomar la cara oculta de la Luna
rindiendo el espinazo del Dragón.
Dios y Diablo (¿quién gato, quién ratón?)
jugándose el honor a las veinitiuna,
una píldora azul contra la hambruna
y un Dow's Vintage para el corazón.
Que cotizase al alza la aventura,
que hubiese caja B para el amor,
que desgravase el genio y la figura,
que cada parlamento atronador
(y cada affaire de la razón impura)
sonase a fantasía en do menor.
sábado, septiembre 27, 2014
En el gueto
Mientras cae la nieve
en Chicago, en una mañana gris y fría
nace un niño pobre
en el gueto.
Y su mamá llora
porque si hay algo que no necesita
es otra boca hambrienta que alimentar
en el gueto.
¿Acaso no entendéis
que el niño necesita ahora una mano amiga
o se convertirá en un camorrista?
Miraos a vosotros y miradme a mí,
todos demasiado ciegos para ver.
¿Es que giraremos la cabeza sin más
para mirar hacia otro lado?
El mundo gira
y un niño hambriento y mocoso
juega en la calle mientras sopla el viento frío
en el gueto.
Y el hambre lo consume,
así que empieza a deambular por las calles de noche
y aprende a robar,
y aprende a pelear
en el gueto.
Tenía que llegar una noche en la que, desesperado,
un muchacho rompiese con todo
y comprase un arma, robase un coche,
se aventurase a correr pero no llegase lejos.
Y su mamá llora
cuando una multitud se agrupa en torno a un camorrista,
la cara contra el asfalto y un arma en su mano
en el gueto.
Mientras el muchacho muere
en Chicago, en una mañana gris y fría,
otro niño está naciendo
en el gueto.
Y su mamá llora...
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