Entre la tierra que piso
y el rayo que me alimenta
(aunque eficaz, impreciso)
hay un cielo que improviso
entre tormenta y tormenta.
Entre el suelo que cultivo
y la sima del olvido
hay un erebo cautivo
(aunque impreciso, lesivo)
mal de malo conocido.
Entre el erebo y el cielo,
ajustada a la medida
de mi corazón en celo,
una sombra de canguelo
me acompaña a la salida.
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